martes, 1 de septiembre de 2009

XXX


— ¡Qué fanático Mario! —salía del terreno de juego con mi ‘remera’ de “The Killers”, y era así como me definía una de las dos porristas en la tribuna.
— ¿Quiénes son “The Killers”? —inquiere la otra cheerleader.
— ¡¿No sabes quiénes son?! —me exalto sin ocultar mi sorpresa por desconocer a la mejor banda exponente del rock indie.
— No sé pues… ¿Acaso algún grupo ochentero?

La verdad, la que te esforzaste por ignorar, arriba de diversas formas, pero cuando llega, siempre tiene el mismo efecto ‘gancho en la boca del estómago’. Mi diminuta compañera de juerga veraniega ignoraba que su manotazo de ahogada para salvarse de mi arrebatamiento contra su ignorancia musical, disfrazaba el baldazo de agua fría que me despertaba y recalcaba que provenía de una generación ajena y distante a la de ella. Inconsciente o no, ella solo podía asociarme a bandas cuya primera producción había sido lanzada al mercado en cassettes y no en CDs.

Semanas antes ya había recibido la primera bofetada. Precisamente, en medio de la celebración de un onomástico veinteañero, una de ellas indagaba sobre mi edad, ‘Treinta’, respondo, y no transcurrió siquiera un segundo después de mi confesión, cuando de su boca expulsó: ‘A la edad de Mario, quiero seguir juergueándome como él’.

¿Quién era yo? ¿Algún espécimen que evocaba la admiración por seguir respirando después de 10.950 días de vida? ¿Debo rezarle millares de ‘Padres Nuestros’ al barbón de arriba por ser considerado aún un ente viviente dentro mi círculo social? ¿O simplemente me salió el tiro por la culata seguir los consejos de mis amigos contemporáneos que no hay mejor forma para ocultar el pelo cenizo, o la deforestación de la cabellera, que exhibirse con mujeres sub-23? Mi cabeza sufre ahora el bombardeo cruel y desalmado de interrogantes que temo dejarán destrozada —como un Pearl Harbor— mi subdesarrollada autoestima.

No puedo seguir con esta farsa que estoy viviendo. Es momento de quitarme la venda sobre los ojos y empezar a auscultarme con la retina del prójimo. Tengo miedo, no lo voy a negar. Esta radiografía no debo tomarla a la ligera, tomar conciencia de tu edad puede llegar a ser una experiencia tan traumatizante como descubrir que tu novia tiene más orgasmos con su dedo que contigo encima; consciente de ello, solo por si acaso, colocaré una botellita de agua de azahar a mi lado lista para detener cualquier convulsión.

Empezaré revisando mi ‘Hoja de Vida (¿social?)’ digital: Facebook…

Ante mis ojos se revela lo que fui esquivo todo este tiempo. Esa sonrisita de Guasón (por no decir huevón) que exhibo en mis fotos como si tuviera los dientes blancos y perfectos, la barriga que algún día fue pícara y extrovertida y que ahora desborda por sus extremos el desbarajuste gastronómico de los últimos años, los jeans apretados —asfixiantes también— y descocidos, ya no pueden seguir maquillando las tres décadas que han caído por su propio peso y la yerra, como si fuese ganado, que me diferencia y separa del resto de la población demostrándome que pertenezco a ese segmento demográfico que si no está casado es maricón.

Ya está, no hay vuelta atrás. Ya tomé la pastilla roja como hizo Neo en Matrix, y he cortado la dosis de anestesia que recibía mi sentido común. Por dármela de machito, he caído en el acantilado de la depresión, y ya siento húmeda la superficie de mi rostro por el rocío salado que cae desde mis ojos; sin embargo, ¿cómo mierda ocurrió? Si seleccioné cuidadosamente términos chics en mis tertulias, memoricé y canté estrofas —muchas veces ridículas— de bachata, regueatón y cumbia que no ponían en tela de juicio que también estaba al tanto de las ultimitas… ¡Hasta me cambié el corte de pelo carajo!

Al igual que hay una línea muy delgada que separa al bohemio del alcohólico, la tenue división entre estar actualizado y ser un treintón ridículo y achibolado es muy fácil de cruzar. Esperen. Que no cunda el pánico. ¿Por qué me voy a comer solito el pastel? Si me deprimo, que se deprima el resto también.

Ahí están mis ¿amigos? del colegio y universidad que continúan buscando diversión los viernes y sábados por la noche, mezclándose —por no decir zampándose— en reuniones donde ellos son los únicos que llevan zapatos y camisas entre tanta muchedumbre acostumbrada a las zapatillas y polos coloridos; ese grupo de empresarios y profesionales que regala sonrisas —y tragos a su hinchada también— oculta que para estar al mismo ritmo de sus ‘nuevos amigos’ tienen que recurrir a analgésicos que aminoren el dolor producto de dormir solo ocho horas en el fin de semana; esos compañeros de carpeta siguen creyendo que la vitrina de tarjetas de crédito en lo que han convertido su billetera revitalizará sus pulmones y les dará fuerza a su debilitada columna vertebral para bajar hasta el piso ante el reto provocador de alguna fémina a quien aún le siguen pidiendo el documento de identidad para ingresar a las discotecas.

Pero este grupo no viene solo, a su ladito nomás, están mis amigas de estudio o trabajo que no pierden la oportunidad de aparecer sonrientes en las fotos de páginas sociales sin importarles el delta que se les esculpe al lado de sus ojos. Estas mujeres creen ciegamente que esas fotos, que serán publicadas en los sites de estas casas de diversión, reducirán meses y hasta años a su partida de nacimiento para que no las confundan con mujeres que de niñas vieron a Perú en el Mundial.

¿He estado viviendo entonces una comedia al igual que los protagonistas de los últimos párrafos? Examinemos entonces el otro extremo, a ese grupo de amistades que no deja de acosarme con sus consejos de ‘establecerme’ de una vez por todas, esa tropa que me exige casarme y tener un hijo antes de los 35 años, esa tribu que martilla mi cerebro con ideas de tener algo material en la vida (una casa o un carro). Discúlpenme hermanos ‘establecidos’ y que gritan a los cuatro vientos lo bien que vienen cerrando sus etapas, pero su cardumen no me atrae para nada tampoco. Allá sigan ustedes solitos nomás, que raíces —o grilletes— en mi vida no quiero tener. Yo desde acá les deseo suerte, y si alguna noche quieren amenizar su velada, el inmaduro e irresponsable que puedo ser, irá con su mejor nariz roja para arrancarles algunas carcajadas por los viejos tiempos.

Han pasado treinta años. Sí, ya lo asimilé. Atrás quedaron esas épocas en las que ingresaba a una empresa como el benjamín del área, y que podía tentar satisfacer el deseo de alguna asistente de gerencia de ‘comerse a un chibolo’ antes de casarse con su cuarentón con una jefatura a cargo.

Soy consciente, también, que muchas cosas que no hice en la década pasada, no tendré nuevamente la oportunidad de hacerlas. ¿Eso debe empujarme entonces a ese camino lleno de baches, frío y sombrío que es la madurez? Maduro, sí, trataré de serlo, lo prometo, pero no me convertiré en un aburrido. Estoy muy seguro que tu madurez se refleja cuando distingues cuándo disfrutar como un niño lo que ocurre a tu alrededor, y cuándo debes dejar de actuar como uno. Así que no me desesperaré en dejar bienes materiales en este mundo, ni engañaré a mi cerebro con que es el momento de buscar una mujer con quién formar una familia, tampoco saldré todos los fines de semana simplemente porque mi círculo me lo exija y me tilde de aburrido. No. Viviré mis 30 años con la misma despreocupación y desinterés por el futuro que me ha caracterizado. Ya no me importa el papel que he desempeñado en la fábula de Samaniego. ¿Hormiga o cigarra? Ya no me interesa. Finalmente son mis 30 años, y si me va mal, ahí estarán mis amigos que han ahorrado para tiempos de crisis, y ¡qué mejor ocasión que ayudar a quien les decía sus verdades desde siempre!

La catarsis está llegando a su final. ¿Bilis o sinceridad? Eso lo sabré al terminar estas líneas, solo sé que esta autopsia me ha servido para aprender a valorar mis habilidades adquiridas, y a compensar las herramientas que he ido perdiendo... XXX... Pensar que durante muchos años esa etiqueta fue mi preferida en los videos que ocultaba en mi armario, y ahora es la combinación de números romanos que ha adquirido la forma de un tatuaje, marca o cicatriz con la que debo acostumbrarme a vivir, y que sé, al pasar uno a uno los años, se pronunciará mucho más.






Si bien no puedo cambiar mi edad, al menos quiero dedicarle este video a la porrista de las primeras líneas para que constate que The Killers no es ochentero.