domingo, 5 de julio de 2009

Lo que solo tiene SONY



Una boda más en mi registro de eventos sociales; una oportunidad más para fantasear que puedo llegar a ser un wedding crasher. Sentado sobre esa dura banca de madera, comienzo a separar los granos de arroz. Solteras: solo me toma un segundo descubrir por qué cupido las tiene ignoradas. Emparejadas: aunque vinieran solas, no tendría chance con ellas. Regreso a las solteras, las que trasluzcan hilos dentales serán reconsideradas.

De repente, a lo lejos, desde la pared de fusilamiento, escucho las palabras que me sacan de mi ensimismamiento.

—…Y prometo serte fiel… —balbucea, con venda sobre los ojos, el guerrillero que en vida fue un amigo de juergas.

A mi espalda, el sollozo de una mujer. Al otro extremo, una tremenda sonada de mocos de esas seguidoras de telenovelas mexicanas. La emoción embarga a las de corazón expuesto; las próximas a la era del Botox estrangulan la mano de su acompañante seducidas por la promesa que después del MBA de su yuppie la relación se formaliza (lo que no saben es que después se viene el doctorado).

Desde los cuatro puntos cardinales, busco la mirada de los sorteados en lo que fue la ‘partuza’ de la despedida del acusado. Solo los rezagos de catolicismo que nos quedan pueden contener nuestra carcajada.

‘… Hasta que la muerte nos separe’, termina de leer sus votos el futuro fusilado con cigarro en la boca. ¿En verdad cree este sentenciado rumbo al patíbulo que podrá sostener su promesa? ¿Cómo puede exclamar esas palabras cuando el fin de semana anterior, el único ‘anillo’ que anhelaba poseer era el de la meretriz que garantizaba aumentar la fricción?

‘Yo… prometo serte fiel…’, empieza a repetir el mismo libreto con cambio de protagonista —o víctima— la doncella que es conciente que sobre su cuerpo exhibe el mejor vestido blanco que lucirá en su vida. Esta mujer, con vestiduras que invocan la pureza, ¿está segura de firmar con sangre sus palabras cuando solo hace unas noches, sentada sobre las piernas del adonis que sus damas de honor le consiguieron, descubrió que hay otra dimensión después de los 8cm. a los que estaba acostumbrada?

Miro al director de la escena, y en sus ojos leo que por su mente flotan las mismas preguntas que me formulo. Ese señor de sotana blanca está seguro —al igual que yo— que ese cutis tan liso que exhiben sus dos ovejas del rebaño, no es producto del sexo exclusivo. Si por él fuera, los largaría de la casa del Señor, pero estaría obligado a devolver el dinero que fue destinado a la casa de playa de la parroquia.

¿Qué entienden esos dos de al frente por fidelidad? ¿Qué entendemos nosotros por fidelidad? ¿Es un término que cambia de significado dependiendo del hemisferio donde lo pronuncies, la edad que tengas, o el grado de alcohol que corra por tu sangre? Recuerdo cuando conversaba con el organizador de las despedidas de las que participé, y me confesó que nunca tuvo una doble vida, nunca estuvo con otra mujer, ‘solo había estado con putas’. Pasan los años, y este sustantivo es tan ambiguo y distorsionado que empiezo a cuestionarme si acaso existe.

¿He sido fiel? Sí, pero no por convicción, sino por falta de tiempo. Las dos únicas relaciones que tuve (si así pueden llamarse) duraron solo dos meses cada una, y como es de suponerse, en tan corto periodo de tiempo, estás tan embelesado por esa mujer que ante el resto de la población femenina te comportas casi como un eunuco.

¿He sido fiel? Sí, pero no me comprometo a serlo con la mujer con quien dure más de un bimestre. La traición amorosa es esa célula cancerígena que está en todos nosotros (hombres y mujeres) propensa a brotar y desarrollarse en cualquier momento: en el baile pegado con la novia de tu mejor amigo, en el aventón que te pidió la esposa de tu primo, o inclusive después del envío de un emoticon simpaticón en el MSN a alguna prima lejana comprometida.

En esta película de desengaños, he tenido la más fácil. Era el actor secundario sin nominación al Oscar: el amante. Fui el que se acomodó a los viajes del esposo; el que siempre estaba disponible cuando el novio se quedaba hasta tarde en el trabajo; el que después de una riña marital siempre tenía el celular prendido; el amigo de estudio de quien siempre se hablaba pero nunca llegó a conocer el marido. Mi predisposición era la cualidad valorada por estas mujeres ‘confundidas’ —aunque algunas la tenían bien clara— ante las estrategias napoleónicas en las cuales me iba a desempeñar como un alfil (en todo el sentido de la palabra).

Comprendí que ser fiel era el acuerdo tácito que firmas después de prometer cielo y tierra a la mujer u hombre a quien cortejabas; sin embargo, pasan los días, semanas o meses (el periodo depende del grado de volubilidad de cada uno) y ese contrato adquiere la forma de una pesada cruz que quieres lanzar contra la cabeza de ese romano que no deja de darte latigazos.

Seguramente, algunos ya están buscando su piedrita esperando que rete al conglomerado con: ‘Que lance la primera piedra…’, y no me dejarán siquiera terminar la frase para estamparme ese objeto contundente en mi bocota. Mientras que el resto, seres débiles ante la carne, agachará la cabeza, ocultándose como leprosos y hasta alguna lagrimilla de arrepentimiento se paseará por su mejilla. Ustedes, que tienen como himno la canción ‘¿Por qué será?’ de Rudy la Scala, los exhorto a agarrar el primer palo que encuentren a su lado, y estar preparados para recibir ese objeto sólido proveniente de ese grupo minoritario —hipócrita y/o aburrido también— y asestarle entre los ojos la piedra que se dirigía hacia ustedes.

No se sientan culpables mis feligreses. La infidelidad es tan humana como el pedo que no aguantas y lo sueltas en el ascensor. Todos te mirarán con repudio luego de haber descubierto que fuiste tú quien golpeó su olfato, serás señalado con desprecio, te quedarás solo y aislado; however, cuando después de escupirte —y orinarte si es posible—, aquellos que te dejaron en tu rincón reconocerán, muy en el fondo, que no hay acción más aliviadora que expulsar gases de tu intestino.

¿Siempre apesta la infidelidad? ¿Es tan asqueroso desear la mujer de tu prójimo? ¿Debemos prepararnos los infieles para el Apocalipsis? Confieso que aplaudí cuando Meryl Streep escapó de su rutina al vivir un amorío con Clint Eastwood en los 'Puentes de Madison', que ‘Once’ me dejó el sinsabor de no presenciar cómo se concretaba el verdadero amor entre sus protagonistas solo por no lastimar a sus parejas, que Ethan Hawke se merecía poseer —siquiera por una noche— a una Gwyneth Paltrow comprometida en ‘Great Expectations’.

Soy conciente que la infidelidad lastima, rasga, apuñala y muchos no sobreviven a la hemorragia que esta ocasiona; solo los alerto a estar preparados a enfrentarla y encararla tan humanamente como esta apareció. Yo por mi parte, solo me conformaré con encontrarla en ese perro que me recibe al llegar a casa, o en la SONY Vaio que anhelo comprar.







Aquí está el himno de nuestra hermandad amigos (de pasada mis seguidores de la sub-25 la conocen también)