martes, 16 de junio de 2009

A.C. / D.C (Antes y después de Colombia)


—¿Ya estamos sobre Colombia Mario? —emocionado, y seguramente con numerosas manchas blancas en su boxer, mi nipón compañero no podía ocultar su ansiedad después de más de dos horas de vuelo.
—Sí chino, y es la primera vez que el cielo está abajo.

Apoyado sobre la ventana del avión, mientras me deleitaba con ese paisaje de lomas y montañas verdes, rememoré esa tarde soleada de octubre de 2004 en la que Colombia comenzó a adquirir otro significado: no era solo la tierra del Pibe Valderrama.

Disfrutaba del juego de Tevez en la Bombonera, cuando un colombiano sentado a mi lado indagaba sobre mi opinión de las mujeres porteñas.

—Muy hermosas —respondo tajantemente después de hacer una recopilación mental de las rubias y morochas que vi desfilar por la capital argentina.
—Sí, acá tienen la cara muy linda... Uhm, pero les falta cuerpo —sentenció el paisa.

Por ese año, el reducido círculo social que había cosechado y el paupérrimo ingreso salarial que percibía, no me permitían ser exigente respecto a determinar qué mujer era atractiva o no. Tan solo un rostro simétrico decorado con ojos claros, de cabellera rubia o castaña, era más que suficiente para dibujar sobre mi rostro esa cara de huevón que tan bien me sale cuando veo pasar por mi lado a una mujer hermosa.

Tuvieron que pasar muchas despedidas de solteros (con cuotas superiores a los US$40 por persona) e incursiones parroquianas a los templos de foco rojo que acogían a esos ángeles del norte de Sudamérica, para empezar a tomar conciencia de lo que hace unos años había enfatizado mi hermano sudamericano. Colombia ya no era más un simple destino turístico a considerar. Mi viaje a Colombia se convertiría en una obsesión, una línea más en lista de cosas por hacer antes de morir —o casarme que para muchos es lo mismo—. Al país de los dos océanos, lo etiqueté como el fetiche con el que anhelaba jugar.

Después de una votación unánime, mi gato samurai y yo decidimos no dejar nada a la improvisación antes de lanzarnos en la búsqueda de la Tierra Prometida. Era necesario un Moisés que nos guiara. El profeta escogido fue un amigo en común que tenía en su haber cinco visitas al país del café y del vallenato quien, después de narrarnos sus periplos por el país del norte, nos anunció por adelantado que al final de la travesía nos entregaría en formato digital los nuevos diez mandamientos sobre los cuales deberíamos regir nuestras vidas.

¿Fecha de inicio de nuestro Éxodo? 16 de mayo de 2009. Siguiendo los consejos de Moisés, llevamos con nosotros las herramientas que nos ayudarían a tener éxito en nuestra odisea: VISAs y Mastercards limpiecitas. No teníamos la presión de un faraón que esperaba aniquilarnos, pero sí el peso de cumplir la promesa hecha a nuestros compatriotas de valernos solo de nuestro cayado para abrir más de un Mar Rojo con prominentes islas (colocadas natural o artificialmente) que se nos pusiera al frente (pagar por ello era la última opción).

Las ciudades escogidas fueron Bogotá, Medellín, Cartagena, Santa Marta y Barranquilla. Los que esperaban encontrar tips turísticos en este post, se nota que no me conocen y simplemente pierden su tiempo. Muy por el contrario, este texto (¿sagrado?) está dirigido a ese grupo de hombres con alma de colonizador que quieren encontrar su América; a esos que —como yo— no encuentran sustento en las estadísticas de que a cada peruano le corresponden tres mujeres; a los que ya padecen de tortícolis por tener la cabeza levantada por contemplar a las féminas que se exhiben en las áreas VIP de las discos limeñas (sin chance a recibir siquiera una sonrisa de ellas), y que como enfermos les toman fotos para colgarlas en el Facebook. A todos ustedes, ávidos de encontrar su sueño americano, les aliento a dejar maestrías, abandonar la casa de mamá y papá, pedir cambio de centro de costo en sus trabajos... ¡Darse una oportunidad para constatar que hay una luz al final del túnel y que no es un camión que los va a arrollar!

¿Dudan del efecto Colombia? ¿Acaso no se han dado cuenta que Johan Fano ha encontrado sentido a su vida desde que empezó a jugar en el Once Caldas de Manizales, y que se ha convertido en el jugador más regular de nuestra desastrosa selección de fútbol? Mírenlo cómo corre, salta y pone el hombro. Señores, eso no se consigue con aumentos de sueldo ni reconocimientos de la Federación Peruana de Fútbol ni mucho menos con la entrega de la llave de la ciudad. ¡No! Que me perdone su ex esposa (de quien se separó al primer mes de pisar suelo colombiano), pero debe mirar esa pérdida como el sacrificio de una peruana por ver feliz al hombre que algún día amó.

Seguramente, ya muchos empezaron a redactar la carta de renuncia dirigida a su mandamás —incorporando entre líneas la profesión de su madre—, y entraron al site de la embajada de Colombia para averiguar si se requiere visa para ingresar. A ustedes, hombres de acción (y de mente disuadible también), les tengo que advertir que hay montañas que escalar antes de ver el Edén.

Al llegar a Tierra Santa, deben dinamitar primero la imagen construida por Laura Bozo sobre los peruanos (esta mujer ha hecho más daño que Fujimori y Alan García juntos). No se sorprendan si al entrar a un restaurante los reciben con la frase: ‘Y que pase la amante’; o de repente te preguntan si tu ‘carrito sanguchero’ es el motor del negocio que tienes en Lima.
Amigos que cuentan con un grado de instrucción respetable, para derrumbar esa perjudicial imagen otorgada, les imploro vocalizar sus palabras, difundir nuestra gastronomía, llevar un artículo con el informe del crecimiento económico de nuestro país en la región, pero sobre todo, no babear cuando una hermosa mujer de cara redonda, con cabellos perfectamente arreglados y con el cuerpo de las concursantes de REEF se acerque y les dirija la palabra.

También tengo que advertir a aquellos que piensan que en Colombia la van a hacer linda porque llegaron a sus oídos que los colombianos son feos. ¡Wrong! Mi lado imparcial —tantas veces confundido con mi orientación sexual— les puede asegurar que van a encontrar más competencia que en los lounges del boulevard de Asia. La diferencia es la oferta femenina. Hay tantas mujeres hermosas en los bares, que un hombre bien parecido pasa desapercibido. Así que ustedes, galanes de polladas, les recomiendo acercarse a estas sirenas con respeto, pero con mentalidad de pene grande.

Si siguen estos consejos, sus sentidos les agradecerán por el cuerpo que pudieron abrazar al bailar un vallenato en la costa, por las siluetas de las princesas de Medallo que pudieron degustar, por el sabor que solo puede dejar una mujer de Bogotá.

Hermanos, no puedo contener las lágrimas al compartir mi evangelio que incita a abandonar el monoteísmo: ¡Diosas por adorar, sobran en Colombia! Difundid y compartid mis palabras. Expláyense ante los oídos dispuestos a escuchar (ni se les ocurra compartir esta información con sus amigas limeñas, yo ya perdí muchas). Omitir detalles es un pecado capital.

Termino de redactar estas líneas, y aún retumba en mi cabeza el pedido de Moisés: ‘Mario, tienes que venirte a vivir a Colombia, ya no lo hagas por ti, hazlo por tus hijos, regálales esa adolescencia que nunca tuviste’… Han pasado casi tres semanas desde mi regreso a Lima, y no encuentro ningún argumento para refutarle… Creo que nunca lo encontraré.




Si quieren algo turístico, bueno, les coloco esta canción que me recuerda los valles de Colombia.
Por otro lado, esta canción está buena para aquellos amigos de cuatro patas que no pueden borrar su pasado ante la víctima de turno.