viernes, 6 de febrero de 2009

Cuatro ruedas necesarias


—¿Cómo la pasó en Santa Cruz? —me despierta el taxista que me llevaba al aeropuerto de regreso a Lima.
—Estuve solo una noche, pero por lo que vi, son muy guapas las mujeres de por acá.
—Eso sí, pero son un poco especiales, ¿sabe?… Acá las mujeres tienen alma de garaje —sentencia el conductor.
—¿Cómo es eso? —inquiero interesado ante tal metafísica afirmación.
—Pues si no tienes carro, no te dejan entrar.

Ha pasado más de un año de mi paso por Bolivia, y me pregunto si esa aseveración se les puede atribuir solo a las hermosas mujeres de la ciudad anti Evo Morales.

¿Es necesario un carro para conquistar a una mujer? ¿Nos definirán acaso como: ‘dime qué caballo tienes, y te diré qué caballero eres’? ¿Tiene fundamento la frase: ‘con ese carro entran solas’?

Me pongo en sus zapatos —si son de plataforma y con lucecitas mejor— y no habría nada que reprocharles. Me ha pasado muchas veces con mujeres que a primera vista no me atraían, pero al verlas extraer de su cartera un par de llaves y acercarse a un automóvil, repentinamente tuve una erección. ¿Por qué entonces deben ser castigadas y quemadas en la hoguera como brujas las mujeres que simplemente no están interesadas en peatones?

Que lance la primera piedra el que niegue que el proyecto para poder disfrutar de una mujer con quien tener relaciones periódicamente —sin estar obligado a dejar unos billetes en la mesa de noche al despedirte de ella— se complica y extiende si no cuentas con medio de transporte privado.

No es lo mismo abrir la puerta de tu vehículo a la dulce doncella que está absorbiendo —como hoyo negro— tu quincena, que ‘embarcarla en la combi’ y simular galantería regateando con el cobrador: ‘choche, china hasta la avenida’.

Duela a quien le duela, el automóvil se viene convirtiendo en el commodity que la mayoría de mujeres esperan que venga con esa persona del sexo opuesto que ostenta convertirse en su media naranja, el intérprete de sus pensamientos, el dueño de los hombros donde alguna noche colgarán sus piernas.

¿Y los que contamos con automóviles que constantemente son confundidos con taxis estamos exentos de esta discriminación? Aquellos que —como yo— poseen carros japoneses ‘comerciales’, ¿podemos estar a la altura de jinetes que vienen montados sobre corceles alemanes (los que tienen Volkswagen no se emocionen) y ser considerados caballeros dentro de su mesa redonda? Pues a ese sector marginado que solo aspira a ser escudero, les aconsejo que comiencen a explorar nuevas tácticas y habilidades —empezar un blog no ayuda mucho—, y traten de tener una gama de temas de conversación que mantengan entretenida a su acompañante hasta la hora en la que la devuelven a casita.

Pero sobre todas las cosas, mi llamada de advertencia va dirigida a esos hacendados que, al aproximarse al castillo de la princesa piloteando su nueva adquisición, escuchan a lo lejos: ’¡El avión! ¡El avión!’ gritado por el sobrinito al mismo estilo de Tatto en la ‘Isla de la Fantasía’, y se sienten más que afortunados porque la madre los recibe con meriendas salidas del horno, el padre le cede el sillón de la sala, el perro le mueve la cola y la abuela le presenta las cenizas del abuelo. A aquellos a quienes el ego alcanza niveles argentinos porque no hay visita en donde su enamorada no les implore tomarse fotos de los tres (tú, ella y tu nuevo juguetito en el medio) y colgarlas en el Facebook para que todos se enteren de lo bien que se ven juntos. A ustedes, amigos solventes, deben ser más que cautelosos, y probar si recibirían el mismo trato de la familia y los besos acalorados de la mujer a quien cortejan, si aducen no tener un último modelo porque están ayudando a detener el sobrecalentamiento de la Tierra.

Hagamos un examen de conciencia y reconozcamos —hombres y mujeres— nuestro lado materialista: un carro te distingue, te realza, te separa de los que tienen la billetera llena de boletos del subte, tranvía o simplemente —como en el Perú— de combi… La razón es muy sencilla, un automóvil te da seguridad, y seguridad, amigos míos, es lo que te diferencia de tener una marca en el cuello los fines de semana, o contentarte con un beso en la frente.







Este es un comercial argentino que te da una muestra clara del efecto de un carro en un hombre.





Este es otro comercial de carros que, si bien no tiene que ver mucho con el tema, la verdad está muy bueno.