martes, 1 de septiembre de 2009

XXX


— ¡Qué fanático Mario! —salía del terreno de juego con mi ‘remera’ de “The Killers”, y era así como me definía una de las dos porristas en la tribuna.
— ¿Quiénes son “The Killers”? —inquiere la otra cheerleader.
— ¡¿No sabes quiénes son?! —me exalto sin ocultar mi sorpresa por desconocer a la mejor banda exponente del rock indie.
— No sé pues… ¿Acaso algún grupo ochentero?

La verdad, la que te esforzaste por ignorar, arriba de diversas formas, pero cuando llega, siempre tiene el mismo efecto ‘gancho en la boca del estómago’. Mi diminuta compañera de juerga veraniega ignoraba que su manotazo de ahogada para salvarse de mi arrebatamiento contra su ignorancia musical, disfrazaba el baldazo de agua fría que me despertaba y recalcaba que provenía de una generación ajena y distante a la de ella. Inconsciente o no, ella solo podía asociarme a bandas cuya primera producción había sido lanzada al mercado en cassettes y no en CDs.

Semanas antes ya había recibido la primera bofetada. Precisamente, en medio de la celebración de un onomástico veinteañero, una de ellas indagaba sobre mi edad, ‘Treinta’, respondo, y no transcurrió siquiera un segundo después de mi confesión, cuando de su boca expulsó: ‘A la edad de Mario, quiero seguir juergueándome como él’.

¿Quién era yo? ¿Algún espécimen que evocaba la admiración por seguir respirando después de 10.950 días de vida? ¿Debo rezarle millares de ‘Padres Nuestros’ al barbón de arriba por ser considerado aún un ente viviente dentro mi círculo social? ¿O simplemente me salió el tiro por la culata seguir los consejos de mis amigos contemporáneos que no hay mejor forma para ocultar el pelo cenizo, o la deforestación de la cabellera, que exhibirse con mujeres sub-23? Mi cabeza sufre ahora el bombardeo cruel y desalmado de interrogantes que temo dejarán destrozada —como un Pearl Harbor— mi subdesarrollada autoestima.

No puedo seguir con esta farsa que estoy viviendo. Es momento de quitarme la venda sobre los ojos y empezar a auscultarme con la retina del prójimo. Tengo miedo, no lo voy a negar. Esta radiografía no debo tomarla a la ligera, tomar conciencia de tu edad puede llegar a ser una experiencia tan traumatizante como descubrir que tu novia tiene más orgasmos con su dedo que contigo encima; consciente de ello, solo por si acaso, colocaré una botellita de agua de azahar a mi lado lista para detener cualquier convulsión.

Empezaré revisando mi ‘Hoja de Vida (¿social?)’ digital: Facebook…

Ante mis ojos se revela lo que fui esquivo todo este tiempo. Esa sonrisita de Guasón (por no decir huevón) que exhibo en mis fotos como si tuviera los dientes blancos y perfectos, la barriga que algún día fue pícara y extrovertida y que ahora desborda por sus extremos el desbarajuste gastronómico de los últimos años, los jeans apretados —asfixiantes también— y descocidos, ya no pueden seguir maquillando las tres décadas que han caído por su propio peso y la yerra, como si fuese ganado, que me diferencia y separa del resto de la población demostrándome que pertenezco a ese segmento demográfico que si no está casado es maricón.

Ya está, no hay vuelta atrás. Ya tomé la pastilla roja como hizo Neo en Matrix, y he cortado la dosis de anestesia que recibía mi sentido común. Por dármela de machito, he caído en el acantilado de la depresión, y ya siento húmeda la superficie de mi rostro por el rocío salado que cae desde mis ojos; sin embargo, ¿cómo mierda ocurrió? Si seleccioné cuidadosamente términos chics en mis tertulias, memoricé y canté estrofas —muchas veces ridículas— de bachata, regueatón y cumbia que no ponían en tela de juicio que también estaba al tanto de las ultimitas… ¡Hasta me cambié el corte de pelo carajo!

Al igual que hay una línea muy delgada que separa al bohemio del alcohólico, la tenue división entre estar actualizado y ser un treintón ridículo y achibolado es muy fácil de cruzar. Esperen. Que no cunda el pánico. ¿Por qué me voy a comer solito el pastel? Si me deprimo, que se deprima el resto también.

Ahí están mis ¿amigos? del colegio y universidad que continúan buscando diversión los viernes y sábados por la noche, mezclándose —por no decir zampándose— en reuniones donde ellos son los únicos que llevan zapatos y camisas entre tanta muchedumbre acostumbrada a las zapatillas y polos coloridos; ese grupo de empresarios y profesionales que regala sonrisas —y tragos a su hinchada también— oculta que para estar al mismo ritmo de sus ‘nuevos amigos’ tienen que recurrir a analgésicos que aminoren el dolor producto de dormir solo ocho horas en el fin de semana; esos compañeros de carpeta siguen creyendo que la vitrina de tarjetas de crédito en lo que han convertido su billetera revitalizará sus pulmones y les dará fuerza a su debilitada columna vertebral para bajar hasta el piso ante el reto provocador de alguna fémina a quien aún le siguen pidiendo el documento de identidad para ingresar a las discotecas.

Pero este grupo no viene solo, a su ladito nomás, están mis amigas de estudio o trabajo que no pierden la oportunidad de aparecer sonrientes en las fotos de páginas sociales sin importarles el delta que se les esculpe al lado de sus ojos. Estas mujeres creen ciegamente que esas fotos, que serán publicadas en los sites de estas casas de diversión, reducirán meses y hasta años a su partida de nacimiento para que no las confundan con mujeres que de niñas vieron a Perú en el Mundial.

¿He estado viviendo entonces una comedia al igual que los protagonistas de los últimos párrafos? Examinemos entonces el otro extremo, a ese grupo de amistades que no deja de acosarme con sus consejos de ‘establecerme’ de una vez por todas, esa tropa que me exige casarme y tener un hijo antes de los 35 años, esa tribu que martilla mi cerebro con ideas de tener algo material en la vida (una casa o un carro). Discúlpenme hermanos ‘establecidos’ y que gritan a los cuatro vientos lo bien que vienen cerrando sus etapas, pero su cardumen no me atrae para nada tampoco. Allá sigan ustedes solitos nomás, que raíces —o grilletes— en mi vida no quiero tener. Yo desde acá les deseo suerte, y si alguna noche quieren amenizar su velada, el inmaduro e irresponsable que puedo ser, irá con su mejor nariz roja para arrancarles algunas carcajadas por los viejos tiempos.

Han pasado treinta años. Sí, ya lo asimilé. Atrás quedaron esas épocas en las que ingresaba a una empresa como el benjamín del área, y que podía tentar satisfacer el deseo de alguna asistente de gerencia de ‘comerse a un chibolo’ antes de casarse con su cuarentón con una jefatura a cargo.

Soy consciente, también, que muchas cosas que no hice en la década pasada, no tendré nuevamente la oportunidad de hacerlas. ¿Eso debe empujarme entonces a ese camino lleno de baches, frío y sombrío que es la madurez? Maduro, sí, trataré de serlo, lo prometo, pero no me convertiré en un aburrido. Estoy muy seguro que tu madurez se refleja cuando distingues cuándo disfrutar como un niño lo que ocurre a tu alrededor, y cuándo debes dejar de actuar como uno. Así que no me desesperaré en dejar bienes materiales en este mundo, ni engañaré a mi cerebro con que es el momento de buscar una mujer con quién formar una familia, tampoco saldré todos los fines de semana simplemente porque mi círculo me lo exija y me tilde de aburrido. No. Viviré mis 30 años con la misma despreocupación y desinterés por el futuro que me ha caracterizado. Ya no me importa el papel que he desempeñado en la fábula de Samaniego. ¿Hormiga o cigarra? Ya no me interesa. Finalmente son mis 30 años, y si me va mal, ahí estarán mis amigos que han ahorrado para tiempos de crisis, y ¡qué mejor ocasión que ayudar a quien les decía sus verdades desde siempre!

La catarsis está llegando a su final. ¿Bilis o sinceridad? Eso lo sabré al terminar estas líneas, solo sé que esta autopsia me ha servido para aprender a valorar mis habilidades adquiridas, y a compensar las herramientas que he ido perdiendo... XXX... Pensar que durante muchos años esa etiqueta fue mi preferida en los videos que ocultaba en mi armario, y ahora es la combinación de números romanos que ha adquirido la forma de un tatuaje, marca o cicatriz con la que debo acostumbrarme a vivir, y que sé, al pasar uno a uno los años, se pronunciará mucho más.






Si bien no puedo cambiar mi edad, al menos quiero dedicarle este video a la porrista de las primeras líneas para que constate que The Killers no es ochentero.



domingo, 5 de julio de 2009

Lo que solo tiene SONY



Una boda más en mi registro de eventos sociales; una oportunidad más para fantasear que puedo llegar a ser un wedding crasher. Sentado sobre esa dura banca de madera, comienzo a separar los granos de arroz. Solteras: solo me toma un segundo descubrir por qué cupido las tiene ignoradas. Emparejadas: aunque vinieran solas, no tendría chance con ellas. Regreso a las solteras, las que trasluzcan hilos dentales serán reconsideradas.

De repente, a lo lejos, desde la pared de fusilamiento, escucho las palabras que me sacan de mi ensimismamiento.

—…Y prometo serte fiel… —balbucea, con venda sobre los ojos, el guerrillero que en vida fue un amigo de juergas.

A mi espalda, el sollozo de una mujer. Al otro extremo, una tremenda sonada de mocos de esas seguidoras de telenovelas mexicanas. La emoción embarga a las de corazón expuesto; las próximas a la era del Botox estrangulan la mano de su acompañante seducidas por la promesa que después del MBA de su yuppie la relación se formaliza (lo que no saben es que después se viene el doctorado).

Desde los cuatro puntos cardinales, busco la mirada de los sorteados en lo que fue la ‘partuza’ de la despedida del acusado. Solo los rezagos de catolicismo que nos quedan pueden contener nuestra carcajada.

‘… Hasta que la muerte nos separe’, termina de leer sus votos el futuro fusilado con cigarro en la boca. ¿En verdad cree este sentenciado rumbo al patíbulo que podrá sostener su promesa? ¿Cómo puede exclamar esas palabras cuando el fin de semana anterior, el único ‘anillo’ que anhelaba poseer era el de la meretriz que garantizaba aumentar la fricción?

‘Yo… prometo serte fiel…’, empieza a repetir el mismo libreto con cambio de protagonista —o víctima— la doncella que es conciente que sobre su cuerpo exhibe el mejor vestido blanco que lucirá en su vida. Esta mujer, con vestiduras que invocan la pureza, ¿está segura de firmar con sangre sus palabras cuando solo hace unas noches, sentada sobre las piernas del adonis que sus damas de honor le consiguieron, descubrió que hay otra dimensión después de los 8cm. a los que estaba acostumbrada?

Miro al director de la escena, y en sus ojos leo que por su mente flotan las mismas preguntas que me formulo. Ese señor de sotana blanca está seguro —al igual que yo— que ese cutis tan liso que exhiben sus dos ovejas del rebaño, no es producto del sexo exclusivo. Si por él fuera, los largaría de la casa del Señor, pero estaría obligado a devolver el dinero que fue destinado a la casa de playa de la parroquia.

¿Qué entienden esos dos de al frente por fidelidad? ¿Qué entendemos nosotros por fidelidad? ¿Es un término que cambia de significado dependiendo del hemisferio donde lo pronuncies, la edad que tengas, o el grado de alcohol que corra por tu sangre? Recuerdo cuando conversaba con el organizador de las despedidas de las que participé, y me confesó que nunca tuvo una doble vida, nunca estuvo con otra mujer, ‘solo había estado con putas’. Pasan los años, y este sustantivo es tan ambiguo y distorsionado que empiezo a cuestionarme si acaso existe.

¿He sido fiel? Sí, pero no por convicción, sino por falta de tiempo. Las dos únicas relaciones que tuve (si así pueden llamarse) duraron solo dos meses cada una, y como es de suponerse, en tan corto periodo de tiempo, estás tan embelesado por esa mujer que ante el resto de la población femenina te comportas casi como un eunuco.

¿He sido fiel? Sí, pero no me comprometo a serlo con la mujer con quien dure más de un bimestre. La traición amorosa es esa célula cancerígena que está en todos nosotros (hombres y mujeres) propensa a brotar y desarrollarse en cualquier momento: en el baile pegado con la novia de tu mejor amigo, en el aventón que te pidió la esposa de tu primo, o inclusive después del envío de un emoticon simpaticón en el MSN a alguna prima lejana comprometida.

En esta película de desengaños, he tenido la más fácil. Era el actor secundario sin nominación al Oscar: el amante. Fui el que se acomodó a los viajes del esposo; el que siempre estaba disponible cuando el novio se quedaba hasta tarde en el trabajo; el que después de una riña marital siempre tenía el celular prendido; el amigo de estudio de quien siempre se hablaba pero nunca llegó a conocer el marido. Mi predisposición era la cualidad valorada por estas mujeres ‘confundidas’ —aunque algunas la tenían bien clara— ante las estrategias napoleónicas en las cuales me iba a desempeñar como un alfil (en todo el sentido de la palabra).

Comprendí que ser fiel era el acuerdo tácito que firmas después de prometer cielo y tierra a la mujer u hombre a quien cortejabas; sin embargo, pasan los días, semanas o meses (el periodo depende del grado de volubilidad de cada uno) y ese contrato adquiere la forma de una pesada cruz que quieres lanzar contra la cabeza de ese romano que no deja de darte latigazos.

Seguramente, algunos ya están buscando su piedrita esperando que rete al conglomerado con: ‘Que lance la primera piedra…’, y no me dejarán siquiera terminar la frase para estamparme ese objeto contundente en mi bocota. Mientras que el resto, seres débiles ante la carne, agachará la cabeza, ocultándose como leprosos y hasta alguna lagrimilla de arrepentimiento se paseará por su mejilla. Ustedes, que tienen como himno la canción ‘¿Por qué será?’ de Rudy la Scala, los exhorto a agarrar el primer palo que encuentren a su lado, y estar preparados para recibir ese objeto sólido proveniente de ese grupo minoritario —hipócrita y/o aburrido también— y asestarle entre los ojos la piedra que se dirigía hacia ustedes.

No se sientan culpables mis feligreses. La infidelidad es tan humana como el pedo que no aguantas y lo sueltas en el ascensor. Todos te mirarán con repudio luego de haber descubierto que fuiste tú quien golpeó su olfato, serás señalado con desprecio, te quedarás solo y aislado; however, cuando después de escupirte —y orinarte si es posible—, aquellos que te dejaron en tu rincón reconocerán, muy en el fondo, que no hay acción más aliviadora que expulsar gases de tu intestino.

¿Siempre apesta la infidelidad? ¿Es tan asqueroso desear la mujer de tu prójimo? ¿Debemos prepararnos los infieles para el Apocalipsis? Confieso que aplaudí cuando Meryl Streep escapó de su rutina al vivir un amorío con Clint Eastwood en los 'Puentes de Madison', que ‘Once’ me dejó el sinsabor de no presenciar cómo se concretaba el verdadero amor entre sus protagonistas solo por no lastimar a sus parejas, que Ethan Hawke se merecía poseer —siquiera por una noche— a una Gwyneth Paltrow comprometida en ‘Great Expectations’.

Soy conciente que la infidelidad lastima, rasga, apuñala y muchos no sobreviven a la hemorragia que esta ocasiona; solo los alerto a estar preparados a enfrentarla y encararla tan humanamente como esta apareció. Yo por mi parte, solo me conformaré con encontrarla en ese perro que me recibe al llegar a casa, o en la SONY Vaio que anhelo comprar.







Aquí está el himno de nuestra hermandad amigos (de pasada mis seguidores de la sub-25 la conocen también)


martes, 16 de junio de 2009

A.C. / D.C (Antes y después de Colombia)


—¿Ya estamos sobre Colombia Mario? —emocionado, y seguramente con numerosas manchas blancas en su boxer, mi nipón compañero no podía ocultar su ansiedad después de más de dos horas de vuelo.
—Sí chino, y es la primera vez que el cielo está abajo.

Apoyado sobre la ventana del avión, mientras me deleitaba con ese paisaje de lomas y montañas verdes, rememoré esa tarde soleada de octubre de 2004 en la que Colombia comenzó a adquirir otro significado: no era solo la tierra del Pibe Valderrama.

Disfrutaba del juego de Tevez en la Bombonera, cuando un colombiano sentado a mi lado indagaba sobre mi opinión de las mujeres porteñas.

—Muy hermosas —respondo tajantemente después de hacer una recopilación mental de las rubias y morochas que vi desfilar por la capital argentina.
—Sí, acá tienen la cara muy linda... Uhm, pero les falta cuerpo —sentenció el paisa.

Por ese año, el reducido círculo social que había cosechado y el paupérrimo ingreso salarial que percibía, no me permitían ser exigente respecto a determinar qué mujer era atractiva o no. Tan solo un rostro simétrico decorado con ojos claros, de cabellera rubia o castaña, era más que suficiente para dibujar sobre mi rostro esa cara de huevón que tan bien me sale cuando veo pasar por mi lado a una mujer hermosa.

Tuvieron que pasar muchas despedidas de solteros (con cuotas superiores a los US$40 por persona) e incursiones parroquianas a los templos de foco rojo que acogían a esos ángeles del norte de Sudamérica, para empezar a tomar conciencia de lo que hace unos años había enfatizado mi hermano sudamericano. Colombia ya no era más un simple destino turístico a considerar. Mi viaje a Colombia se convertiría en una obsesión, una línea más en lista de cosas por hacer antes de morir —o casarme que para muchos es lo mismo—. Al país de los dos océanos, lo etiqueté como el fetiche con el que anhelaba jugar.

Después de una votación unánime, mi gato samurai y yo decidimos no dejar nada a la improvisación antes de lanzarnos en la búsqueda de la Tierra Prometida. Era necesario un Moisés que nos guiara. El profeta escogido fue un amigo en común que tenía en su haber cinco visitas al país del café y del vallenato quien, después de narrarnos sus periplos por el país del norte, nos anunció por adelantado que al final de la travesía nos entregaría en formato digital los nuevos diez mandamientos sobre los cuales deberíamos regir nuestras vidas.

¿Fecha de inicio de nuestro Éxodo? 16 de mayo de 2009. Siguiendo los consejos de Moisés, llevamos con nosotros las herramientas que nos ayudarían a tener éxito en nuestra odisea: VISAs y Mastercards limpiecitas. No teníamos la presión de un faraón que esperaba aniquilarnos, pero sí el peso de cumplir la promesa hecha a nuestros compatriotas de valernos solo de nuestro cayado para abrir más de un Mar Rojo con prominentes islas (colocadas natural o artificialmente) que se nos pusiera al frente (pagar por ello era la última opción).

Las ciudades escogidas fueron Bogotá, Medellín, Cartagena, Santa Marta y Barranquilla. Los que esperaban encontrar tips turísticos en este post, se nota que no me conocen y simplemente pierden su tiempo. Muy por el contrario, este texto (¿sagrado?) está dirigido a ese grupo de hombres con alma de colonizador que quieren encontrar su América; a esos que —como yo— no encuentran sustento en las estadísticas de que a cada peruano le corresponden tres mujeres; a los que ya padecen de tortícolis por tener la cabeza levantada por contemplar a las féminas que se exhiben en las áreas VIP de las discos limeñas (sin chance a recibir siquiera una sonrisa de ellas), y que como enfermos les toman fotos para colgarlas en el Facebook. A todos ustedes, ávidos de encontrar su sueño americano, les aliento a dejar maestrías, abandonar la casa de mamá y papá, pedir cambio de centro de costo en sus trabajos... ¡Darse una oportunidad para constatar que hay una luz al final del túnel y que no es un camión que los va a arrollar!

¿Dudan del efecto Colombia? ¿Acaso no se han dado cuenta que Johan Fano ha encontrado sentido a su vida desde que empezó a jugar en el Once Caldas de Manizales, y que se ha convertido en el jugador más regular de nuestra desastrosa selección de fútbol? Mírenlo cómo corre, salta y pone el hombro. Señores, eso no se consigue con aumentos de sueldo ni reconocimientos de la Federación Peruana de Fútbol ni mucho menos con la entrega de la llave de la ciudad. ¡No! Que me perdone su ex esposa (de quien se separó al primer mes de pisar suelo colombiano), pero debe mirar esa pérdida como el sacrificio de una peruana por ver feliz al hombre que algún día amó.

Seguramente, ya muchos empezaron a redactar la carta de renuncia dirigida a su mandamás —incorporando entre líneas la profesión de su madre—, y entraron al site de la embajada de Colombia para averiguar si se requiere visa para ingresar. A ustedes, hombres de acción (y de mente disuadible también), les tengo que advertir que hay montañas que escalar antes de ver el Edén.

Al llegar a Tierra Santa, deben dinamitar primero la imagen construida por Laura Bozo sobre los peruanos (esta mujer ha hecho más daño que Fujimori y Alan García juntos). No se sorprendan si al entrar a un restaurante los reciben con la frase: ‘Y que pase la amante’; o de repente te preguntan si tu ‘carrito sanguchero’ es el motor del negocio que tienes en Lima.
Amigos que cuentan con un grado de instrucción respetable, para derrumbar esa perjudicial imagen otorgada, les imploro vocalizar sus palabras, difundir nuestra gastronomía, llevar un artículo con el informe del crecimiento económico de nuestro país en la región, pero sobre todo, no babear cuando una hermosa mujer de cara redonda, con cabellos perfectamente arreglados y con el cuerpo de las concursantes de REEF se acerque y les dirija la palabra.

También tengo que advertir a aquellos que piensan que en Colombia la van a hacer linda porque llegaron a sus oídos que los colombianos son feos. ¡Wrong! Mi lado imparcial —tantas veces confundido con mi orientación sexual— les puede asegurar que van a encontrar más competencia que en los lounges del boulevard de Asia. La diferencia es la oferta femenina. Hay tantas mujeres hermosas en los bares, que un hombre bien parecido pasa desapercibido. Así que ustedes, galanes de polladas, les recomiendo acercarse a estas sirenas con respeto, pero con mentalidad de pene grande.

Si siguen estos consejos, sus sentidos les agradecerán por el cuerpo que pudieron abrazar al bailar un vallenato en la costa, por las siluetas de las princesas de Medallo que pudieron degustar, por el sabor que solo puede dejar una mujer de Bogotá.

Hermanos, no puedo contener las lágrimas al compartir mi evangelio que incita a abandonar el monoteísmo: ¡Diosas por adorar, sobran en Colombia! Difundid y compartid mis palabras. Expláyense ante los oídos dispuestos a escuchar (ni se les ocurra compartir esta información con sus amigas limeñas, yo ya perdí muchas). Omitir detalles es un pecado capital.

Termino de redactar estas líneas, y aún retumba en mi cabeza el pedido de Moisés: ‘Mario, tienes que venirte a vivir a Colombia, ya no lo hagas por ti, hazlo por tus hijos, regálales esa adolescencia que nunca tuviste’… Han pasado casi tres semanas desde mi regreso a Lima, y no encuentro ningún argumento para refutarle… Creo que nunca lo encontraré.




Si quieren algo turístico, bueno, les coloco esta canción que me recuerda los valles de Colombia.
Por otro lado, esta canción está buena para aquellos amigos de cuatro patas que no pueden borrar su pasado ante la víctima de turno.

viernes, 6 de febrero de 2009

Cuatro ruedas necesarias


—¿Cómo la pasó en Santa Cruz? —me despierta el taxista que me llevaba al aeropuerto de regreso a Lima.
—Estuve solo una noche, pero por lo que vi, son muy guapas las mujeres de por acá.
—Eso sí, pero son un poco especiales, ¿sabe?… Acá las mujeres tienen alma de garaje —sentencia el conductor.
—¿Cómo es eso? —inquiero interesado ante tal metafísica afirmación.
—Pues si no tienes carro, no te dejan entrar.

Ha pasado más de un año de mi paso por Bolivia, y me pregunto si esa aseveración se les puede atribuir solo a las hermosas mujeres de la ciudad anti Evo Morales.

¿Es necesario un carro para conquistar a una mujer? ¿Nos definirán acaso como: ‘dime qué caballo tienes, y te diré qué caballero eres’? ¿Tiene fundamento la frase: ‘con ese carro entran solas’?

Me pongo en sus zapatos —si son de plataforma y con lucecitas mejor— y no habría nada que reprocharles. Me ha pasado muchas veces con mujeres que a primera vista no me atraían, pero al verlas extraer de su cartera un par de llaves y acercarse a un automóvil, repentinamente tuve una erección. ¿Por qué entonces deben ser castigadas y quemadas en la hoguera como brujas las mujeres que simplemente no están interesadas en peatones?

Que lance la primera piedra el que niegue que el proyecto para poder disfrutar de una mujer con quien tener relaciones periódicamente —sin estar obligado a dejar unos billetes en la mesa de noche al despedirte de ella— se complica y extiende si no cuentas con medio de transporte privado.

No es lo mismo abrir la puerta de tu vehículo a la dulce doncella que está absorbiendo —como hoyo negro— tu quincena, que ‘embarcarla en la combi’ y simular galantería regateando con el cobrador: ‘choche, china hasta la avenida’.

Duela a quien le duela, el automóvil se viene convirtiendo en el commodity que la mayoría de mujeres esperan que venga con esa persona del sexo opuesto que ostenta convertirse en su media naranja, el intérprete de sus pensamientos, el dueño de los hombros donde alguna noche colgarán sus piernas.

¿Y los que contamos con automóviles que constantemente son confundidos con taxis estamos exentos de esta discriminación? Aquellos que —como yo— poseen carros japoneses ‘comerciales’, ¿podemos estar a la altura de jinetes que vienen montados sobre corceles alemanes (los que tienen Volkswagen no se emocionen) y ser considerados caballeros dentro de su mesa redonda? Pues a ese sector marginado que solo aspira a ser escudero, les aconsejo que comiencen a explorar nuevas tácticas y habilidades —empezar un blog no ayuda mucho—, y traten de tener una gama de temas de conversación que mantengan entretenida a su acompañante hasta la hora en la que la devuelven a casita.

Pero sobre todas las cosas, mi llamada de advertencia va dirigida a esos hacendados que, al aproximarse al castillo de la princesa piloteando su nueva adquisición, escuchan a lo lejos: ’¡El avión! ¡El avión!’ gritado por el sobrinito al mismo estilo de Tatto en la ‘Isla de la Fantasía’, y se sienten más que afortunados porque la madre los recibe con meriendas salidas del horno, el padre le cede el sillón de la sala, el perro le mueve la cola y la abuela le presenta las cenizas del abuelo. A aquellos a quienes el ego alcanza niveles argentinos porque no hay visita en donde su enamorada no les implore tomarse fotos de los tres (tú, ella y tu nuevo juguetito en el medio) y colgarlas en el Facebook para que todos se enteren de lo bien que se ven juntos. A ustedes, amigos solventes, deben ser más que cautelosos, y probar si recibirían el mismo trato de la familia y los besos acalorados de la mujer a quien cortejan, si aducen no tener un último modelo porque están ayudando a detener el sobrecalentamiento de la Tierra.

Hagamos un examen de conciencia y reconozcamos —hombres y mujeres— nuestro lado materialista: un carro te distingue, te realza, te separa de los que tienen la billetera llena de boletos del subte, tranvía o simplemente —como en el Perú— de combi… La razón es muy sencilla, un automóvil te da seguridad, y seguridad, amigos míos, es lo que te diferencia de tener una marca en el cuello los fines de semana, o contentarte con un beso en la frente.







Este es un comercial argentino que te da una muestra clara del efecto de un carro en un hombre.





Este es otro comercial de carros que, si bien no tiene que ver mucho con el tema, la verdad está muy bueno.


lunes, 12 de enero de 2009

La respuesta correcta… ¿Alguien la sabe?

Mis labios impregnados del perfume de la mujer que tengo entre mis brazos. Mis dedos enredados y perdidos entre sus cabellos. La camisa más abierta descubriendo la imitación de pectoral que exhibo. Las lunas del carro totalmente empañadas listas para representar la escena de la mano del Titanic. ‘¿Quieres hacerlo?’, pregunto. Solo escucho su respiración. ‘¿Quieres hacerlo?’, susurro en su oreja. Ella levanta la mirada. Siento sus dedos acariciar mi cuello. Creo ver aproximarse un ‘Sí quiero’ en sus ojos sin anillo de por medio.

—¿Hace cuánto lo hiciste Mario? —dispara ella.

Lo primero que se me viene a la cabeza es replicar con: ¿No sabes que es de burros responder con otra pregunta? Pero eso me llevaría a tener un tatuaje con la forma de su mano en mi mejilla. En unos segundos tengo que dar una cifra. ¿Existe un número de días correcto? (horas —al menos en el Perú— está descartado) ¿Una semana? ¿Un mes? Se me viene a la memoria cuando un amigo confesó en el acto: 3 meses con 12 días. Se imaginarán que su periodo de espera se extendió unos meses más.

¿Qué espera escuchar una mujer después de tal interrogante? ¿Experiencia o castidad? ¿Garantía de rendimiento o una espalda llena de barros?

Si respondo que el encuentro sexual fue hace solo unos días, empezará la lluvia de preguntas al mismo estilo de Montesinos en el sótano del SIN: ‘¿Cómo se llama? ¿La conozco? ¿Por qué dejaste de hacerlo con ella? Porque dejaste de hacerlo con ella, ¿no?’

Por otro lado, si apelo al argumento de que por muchos meses a la medianoche The FilmZone Channel ha sido mi canal favorito (lamentablemente, la sección Exxtreme salio de su programación), ella tomará conciencia que es la mujer que en muchos meses no ha sido espantada por las feromonas de necesidad sexual que todas las mujeres perciben en los hombres.

—Estoy solo, pero no soy monje —atisbo a responder.

Soy conciente que he ultrajado la frase de Clint Eastwood en los Puentes de Madisson, pero hasta ahora ha sido mi salvavidas —dudo que lo siga siendo a partir de hoy.

Nos miramos, y veo esbozar una sonrisa sobre su rostro. Ella asiente. ‘Vámonos’, la escucho decir. Una palmadita sobre mi muslo es la rúbrica del pacto. Solo queda por definir todo lo referente a la logística (campo de juego y uniforme para mi compañero), que —por ser la primera vez—­ correrá a cuenta de mi sueldo tercer-mundista.

Los cincuenta minutos de batalla sexual han terminado (Ok, Ok… 15 minutos incluyendo el pago en recepción). Estoy exhausto. Quiero hundirme en el colchón desconectándome del mundo. No pasan siquiera tres segundos de paz mundial, cuando veo su brazo caer sobre mi pecho como guillotina en el clímax de la Revolución Francesa.

—¿Te gustó? —indaga la mujer recostada a mi lado.

¿Qué debo responder? ¿Debo acaso ponerme a cantar que fue casi como una ‘experiencia religiosa’ como lo haría Enrique Iglesias? Los segundos pasan y solo expulso palabras ininteligibles. ¿Por qué preguntan eso las mujeres? Qué mayor prueba que llegamos al orgasmo, que la esencia misma —dulce o salada— que hemos expulsado de nuestro más interno ser. He estado muchas veces tentado a responder que me sentí como el personaje de Cocoon cuando experimenta el sexo con una extraterreste, pero eso no me lo cree ni un cura en mi primera confesión.

La poca experiencia que tengo con mujeres me lleva a deducir que no es una pregunta tipo encuesta de atención al cliente con las alternativas: muy malo, malo, regular, bueno, excelente. No. Mi respuesta debe estar más sustentada que en exposición de tesis.

—No puedo describirlo —confieso apelando que mi fuerte no son los adjetivos.

Un mensaje de texto, un gemido en las habitaciones contiguas o hasta el claxon proveniente de la calle me han ayudado a escapar del callejón en el cual me encontraba acorralado. No hay sin suerte muchos me recriminarán.

No puedo seguir así. Necesito encontrar respuestas, porque cada año que pasa se me hace más claro que para complacer a una mujer —antes y después— no es solo a través de lo que vimos en nuestras clases de educación sexual, sino también a través de lo que confesamos en sus oídos.




Acá el video de 'Experiencia Religiosa' de Enrique Iglesias para los que —como yo— aún no saben qué responder.