domingo, 28 de septiembre de 2008

Bandoneón, violín, piano y violencello

Invierno de 2005. Junto a una pareja de ‘chi-chi-chi-le-le-le’, caminaba por la peatonal de Florida en Buenos Aires. Con suma emoción, mis amigos me guiaban por esta calle atestada de tiendas, con el fin de mostrarme su descubrimiento de la noche anterior. A lo lejos, una voz grave quebraba el bullicio sobre el que se ahogan las grandes ciudades.

—Nos quedamos impactados ayer por la noche Mario. ¡Es idéntico a Gardel!
—¿Ah? ¿en Chile escuchan a Gardel? Juraba que solo en Argentina —respondo desinteresado.
—Mario, Gardel es universal. Va más allá de Argentina. Debes conocerlo por cultura.

No sé si fue una respuesta sincera, o una forma disimulada del expasionismo chileno para sentar que Gardel también les pertenecía. De todas formas, tal bofetada a mi ignorancia estuvo a punto de producirme una 'chiripiorca' en frente de mis amigos. Sin embargo —a pesar de tal reprimenda cultural— en los días siguientes a mi estadía en suelo porteño por ese año, al tango solo lo relacioné con mujeres de piernas largas de vestidos entallados con grandes aberturas.

No fue sino hasta que llegó a mis ojos la película 'Scent of a woman', cuando el tango comenzó a soplarme detrás de la oreja. En una de las mejores escenas de la película (después de la magnífica frase: “En un minuto puedes vivir toda una vida”), un ciego Al Pacino convence a una hermosa joven bailar el tango que la orquesta estaba a punto de tocar. Tuve que venir nuevamente hasta Buenos Aires en julio de este año, para enterarme (entre vinos y cervezas) que esa deliciosa melodía era la muy conocida 'Por una Cabeza' de Gardel.


Es después de esa noche bohemia que decido darme una oportunidad con el tango. Pregunté por sus canciones más representativas, inclusive invertí mis minutos de poker en Facebook viendo algunos videos por YouTube. Lamentablemente, el atisbo de interés solo me duró un par de semanas; y si a eso le sumaba el hecho que la mayoría de mis amigos porteños no estaban interesados en el tango, mi expedición musical tendría el mismo resultado que muchos Indianas Jones tuvieron con 'El Dorado': el fracaso.

Pero el tango —al parecer— no se iba a dar por vencido, y no dejaría escapar a este peruanito con alma de 'brichero'.

Hace dos fines de semana, arrivó a Buenos Aires mi amiga CC con su delegación familiar. Yo, un mes atrás, me había comprometido a hacerles un tour por la ciudad aduciendo que —fruto de tanta juerga y salidas por las noches— podría organizar un recorrido nocturno por las calles de esta ciudad sabor Madrid-Paris de Sudamérica.

Después de una tarde de caminata por La Recoleta y un lonche con pan de miga, CC sugiere a la tropa asistir a un espectáculo de Tango. Confieso que acepté por dos motivos, el primero: tomé conciencia que los escondrijos que había descubierto por tanta juerga, no serían del agrado de mis ‘turistas’; segundo: le daría gusto a mi madre que tanto me insistía con que vea un espectáculo como esos.

Entramos a un teatro en la 9 de julio. Nos recibieron hermosas damas con impactantes escotes que te hacen olvidar a la delantera Argentina. Luego, fuimos guiados hacia una mesa cerca del escenario y, después de constatar que los precios de la carta eran para cualquier extranjero, menos para peruanos, optamos por solo esperar el show con las bebidas que —felizmente— estaban incluidas en el precio de la entrada.

Ninguno de nosotros estaba preparado para lo que vendría. No solo fue la escenografía extraordinaria, ni los diminutos vestidos (eso puedo asegurarlo) lo que me transportó a otra dimensión... la dimensión del tango; sino que finalmente encontraba el sustantivo que lo definía: pasión.

A diferencia de la coquetería que escenifica nuestra marinera, o el erotismo que se desprende de muchos bailes brasileros, ver bailar tan bien el tango produce un sentimiento tan intenso, que la única forma de desahogo a la mano es el aplauso acalorado acompañado —como en mi caso— de una que otra lágrima... el poder que ejerce el hombre sobre su pareja; la sensualidad mezclada con fortaleza que emana la mujer con el cruce de piernas; los pasos cadentes y fuertes de ambos... y sobre todo, lo que está detrás del tango... el gaucho... el farolito... Gardel y Piazzolla... todos esos componentes me ayudaron a comprender lo que me dijo mi amigo chileno: el tango —como Gardel— es universal.

Esa noche, amigos míos, el tango me cambió la forma de ver a Buenos Aires. El bandoleón barrió las calles sucias del Microcentro; el violín usó el arco para sacarme de las tiendas en los malls; el violencello me gritó a viva voz que tenía mejores curvas que las rubias y morochas de la capital; y el piano... el piano me abrazó con sus notas, y me invitó a reposar y viajar sobre mi sofá.


Este fue un descubrimiento de esa noche. Gardel cantando 'El Día Que Me Quieras' que hasta antes de ese fin de semana, creía que era de Luis Miguel (adicionalmente copio un extracto de la letra)

“... El día que me quieras
No habrá más que armonía
Será clara la aurora, y alegre el manantial
Traerá quieta la brisa el rumor de melodías
Y nos darán las fuentes su canto de cristal
El día que me quieras
Endulzará sus cuerdas el pájaro cantor
Florecerá la vida... No existirá el dolor... “




Ahora un expositor del tango moderno, Astor Piazzolla tocando 'Adios Nonino'. Les pido que escuchen toda la melodía... ¡Toda!


martes, 9 de septiembre de 2008

¿Cama para dos?

Enero de 2007. Con calculadora en mano, me encontraba planeando mi viaje por europa con la francesa que me recibiría en Paris. Seducido por la idea de pertenecer a la comunidad europea a mediano plazo, escuchaba embobado su narración de cómo recorreríamos agarrados de la mano las calles de la ciudad luz, tomaríamos vino recostados en los parques de la Tour Eiffel, visitaríamos la casa de su padre en La Bretagne, y terminaríamos navegando en una góndola en Venecia.

Después de escuchar tal combo turístico, lo primero que se me vino a la mente fue preguntarle: “¿Y durante todo este viaje vamos a dormir juntos?”. Ha pasado más de un año, y no tengo la menor duda que esa pregunta fue la primera ‘cagada’ que hice (de las tantas que aparecieron en los meses siguientes) para que ese tour solo se confunda con un trailer más de alguna película de amor de las que tengo grabada en mi memoria.

A diferencia de Martín Romaña con su hondonada (los que han leído los cuadernos azul y rojo de navegación de Bryce Echenique me van a entender), yo no podría compartir mi lecho por más que me pongan a la mismita Octavia con el último modelo de Victoria’s Secret.

Soy el cliente ideal de los hostales ya que no tienen que tocarme la puerta para el check-out; el compañero esperado de las mujeres que no quieren que las descubras con el peinado desarmado; el amante ideal de las casadas que te quieren fuera antes que llegue el marido. Simplemente, me es imposible dormir con una mujer al lado.

No importa si es verano o invierno, en la cama al momento de dormir siempre te desnudas. Tu perfume Channel se opaca con el olor de tus pedos; el recuerdo de la charla agradable que tuviste a la luz de las velas, se desvanece con tus ronquidos; el sabor del beso suave y prolongado de la noche anterior, se dilata con el mal aliento de la mañana.

Además de mi madre, solo recuerdo una sola mujer con la que me permití compartir el brazo de Morfeo. Me encontraba en el aeropuerto de Marseille, y la española a mi lado se ofrece como mi guía en Montpellier si me animaba a desviar mi ruta ‘mochilera’. Al llegar a su ciudad, me propone descansar en la casa que comparte con sus otras dos amigas —Dios es peruano me dije. Después de la cena y las cervezas, llegamos a su casa, y cuando comenzaba a buscar el sillón que se convertiría en mi colchón Paraíso, me propone dormir en su cuarto.

—¿De qué te ríes Mario?
—Es que nunca he dormido con una mujer, es decir, no solo dormir.
—Bueno, si no lo puedes manejar, el sillón está en la sala.
—No, no. Siempre hay una primera vez.

Los besos de esa madrugada fue lo único que logré de las cinco noches que dormí con ella. Cuando una europea te dice que quiere dormir, amigos míos, en verdad solo quiere dormir; no creas que es porque le da roche decir que quiere sexo contigo. Aprendí dos cosas de esa experiencia somnífera. Primero: si duermo boca abajo, dejo de roncar. Segundo: mi cerebro no concibe tener una mujer al lado sin tener sexo, es por ello que la última noche tuve un sueño húmedo, y me fui dejando la sábana manchada.

Mi primer jefe una vez me dijo: “Todo puede representarse con las matemáticas Mario”. Creo que mi problema también.

Si:

P(VP) = Probabilidad de tener vida de pareja
S = Número de veces que has tenido sexo
D = Número de veces que te quedaste a dormir

P(VP) = D / S

Eso quiere decir que la probabilidad de compartir tu vida con alguien, está en función del número de veces que dejaste de dormir en el medio de la cama. Como podrán deducir, la mía es cero.

No sé qué opinar de mis amigos que comparten el ring de cuatro perillas con sus acompañantes temporales o permanentes. Algunos me dirán que son dichosos, otros que están pagando sus pecados. No los envidio, ni los detestó... Hoy por hoy, solo los admiro.





Me pregunto si algunos de ustedes se identifica con estos estilos.












martes, 2 de septiembre de 2008

Medio Ambiente

En Lima, siempre me he jactado de ser open mind; sin embargo, me he dado cuenta que esto puede ser muy relativo dependiendo del lugar donde lo sostienes. Por ejemplo, en Buenos Aires tranquilamente me pueden catalogar como salido de la Edad Media, y en Europa —estoy muy seguro— la prueba viviente de un Crog Magnon.

La mayoría de las personas, con quienes he hablado al respecto, asocian el grado de open mind que tienen con su aceptación de la homosexualidad (los muy open con su cercanía). Suman puntos el número de amigos homosexuales que mencionas tener, la cantidad de fotos que tengas abrazados con ellos o ellas en el Facebook, o las discos de ambiente a las cuales afirmas haber ido.

Recuerdo una vez, me encontraba con dos amigas del viejo continente a quienes me ofrecí hacerles un pequeño tour por Lima. Sugiero —para terminar el recorrido— ir por la noche a un pub y culminar con unos tragos. Después de media hora, me percato que a esta mesa le faltaba una pata, y opto por llamar a uno de los pocos amigos solteros que me quedan.

—Hola Papi —contesta mi muy (a veces) afeminado compañero.
—Habla Marica. Tío, estoy con dos amigas de España y...
—...
—¿Alo? ¿Alo?

No recuerdo haber tenido en mi vida un celular con GSM, pero a los 10 minutos mi fiel Sancho Panza ya se encontraba en la puerta del pub de San Isidro. Después de unas jarras, un piqueo, y dejar en claro que en Lima no tenemos llamas en vez de perros, alrededor de la 1 A.M,. mi partner propone ir a otro lugar donde a esa hora afirma que ‘se pone’.

—¿Y si vamos a la Sede? —lanza su propuesta Sancho.
—¿Qué es eso? —preguntan las dos ibéricas al mismo tiempo.
—Es una disco de ambiente que NO CONOZCO —asevero con el tono de voz más grave que pueda producir.
—¡Vamos! La música es mucho mejor que la que ponen acá —Insiste Sancho Panza.
—¡Vale! ¡Vamos! Hemos ido a algunas así en nuestra ciudad —sostiene una de ellas.
—¡Hey! ¡Aguanten! No puedo ir vestido así —expongo mi desacuerdo mostrando el polo rosado que llevaba puesto.
—¡No pasa nada! ¡Normal tío! —trata de convencerme sospechosamente Sancho.
—¡Ni cagando! Es como si tuviera un polo rojo en plena fiesta de San Fermín.

Mi argumento no logró convencerlos, y finalmente accedo. Nos dirigimos hacia Miraflores y me aseguro de estar bien pegado a una de las españolas. Entramos. Confirmo que la música estaba buena y —obviando una que otra pareja del mismo sexo abrazados muy afectuosamente— el lugar se parecía mucho a cualquiera de las discos que había visitado antes.

Después de bailar un par de canciones —y con el alcohol a punto de ser expulsado de nuestro organismo— nuestras compañeras nos avisan que se van al baño.

—¡No pueden hacernos esto! —exclamo casi sudando frío.
—¡No seas marica! —me recrimina el ya muy tambaleante Sancho.


¿Marica? Qué irónico pensé.

Durante los minutos que pasaron, lo único ‘extraño’ que observé fue el saludo con beso en la mejilla que Sancho dio a un ‘amigo del inglés’ (según él) que se encontraba por ahí. Pondría en duda la opción sexual de mi fiel escudero si no fuese porque ya me acostumbré a este saludo en Buenos Aires (Punto aparte, me incomodan las barbas, y ya entiendo por qué hoy en día la mayoría de las mujeres los prefieren lampiños... everywhere).

Confieso que me divertí esa noche y que frecuenté el pub algunas veces más (siempre acompañado del componente femenino para evitar confusiones). No niego haber bailado sobre las bancas pegadas en la pared, y me pregunto hasta el día de hoy qué hubiese hecho con un estrado, espejos alrededor y un tubo en el medio.

La verdad, el lugar ‘se pone’ como sostuvo Sancho la primera vez, however empecé a perderle el gustito a esta disco por dos factores. Primero, porque en una de esas incursiones me encontré con una persona del ámbito laboral la cual me lanzó una mirada ‘Welcome to the jungle’. Segundo —y más importante creo yo—, el público femenino que concurría a este lugar, no se parece en nada a esas top models con las que uno se imagina y maquina un ‘ménage à trois’.

Hace unas semanas en Buenos Aires, una chica del grupo con quienes tomaba unos vinos sugiere mover el esqueleto en una disco de ambiente. Yo —todo ‘canchero’— aseguro que no habría problema de mi parte ya que había frecuentado ‘esos lugares’ en Lima (además albergaba la esperanza de encontrarme con las top models de mi fantasía anterior).

Después de unos 20 minutos de cola (¡A las 4AM!), logramos entrar y compruebo que —al igual que en el fútbol— Argentina nos lleva décadas de diferencia en el ritmo de juego en esta cancha de cemento. Los concurrentes no tienen ningún reparo en ir semidesnudos (los hombres en su mayoría), ni tampoco en intercambiar saliba con cuanta ovejita o borrego que caiga en su trampa. Ante tanta libertad de expresión, confieso que me cohibí y me dije a mí mismo: “Acá ni te atrevas a hacer tus bromas de maricón porque pierdes”.

Logré salir ileso de ese partido (puedo afirmar que paso la prueba de la tina), y ahora me queda mucho más claro que el medio ambiente también difiere dependiendo del país donde te encuentres. No sé si alguno de ustedes se anime a visitar ecosistemas como estos; eso sí, les recuerdo que el oxígeno es diferente.



Esta canción la considero un buen test de evaluación antes de asistir a una disco de ambiente. Si sigues el ritmo con tus pies, puedes visitar alguno de estos pubs; por otro lado, si moviste la silla, subiste el volumen y ya te descargaste la canción por Emule, entonces no tengas miedo en pedirme el email de la persona del ámbito laboral... o de Sancho Panza.