domingo, 28 de septiembre de 2008

Bandoneón, violín, piano y violencello

Invierno de 2005. Junto a una pareja de ‘chi-chi-chi-le-le-le’, caminaba por la peatonal de Florida en Buenos Aires. Con suma emoción, mis amigos me guiaban por esta calle atestada de tiendas, con el fin de mostrarme su descubrimiento de la noche anterior. A lo lejos, una voz grave quebraba el bullicio sobre el que se ahogan las grandes ciudades.

—Nos quedamos impactados ayer por la noche Mario. ¡Es idéntico a Gardel!
—¿Ah? ¿en Chile escuchan a Gardel? Juraba que solo en Argentina —respondo desinteresado.
—Mario, Gardel es universal. Va más allá de Argentina. Debes conocerlo por cultura.

No sé si fue una respuesta sincera, o una forma disimulada del expasionismo chileno para sentar que Gardel también les pertenecía. De todas formas, tal bofetada a mi ignorancia estuvo a punto de producirme una 'chiripiorca' en frente de mis amigos. Sin embargo —a pesar de tal reprimenda cultural— en los días siguientes a mi estadía en suelo porteño por ese año, al tango solo lo relacioné con mujeres de piernas largas de vestidos entallados con grandes aberturas.

No fue sino hasta que llegó a mis ojos la película 'Scent of a woman', cuando el tango comenzó a soplarme detrás de la oreja. En una de las mejores escenas de la película (después de la magnífica frase: “En un minuto puedes vivir toda una vida”), un ciego Al Pacino convence a una hermosa joven bailar el tango que la orquesta estaba a punto de tocar. Tuve que venir nuevamente hasta Buenos Aires en julio de este año, para enterarme (entre vinos y cervezas) que esa deliciosa melodía era la muy conocida 'Por una Cabeza' de Gardel.


Es después de esa noche bohemia que decido darme una oportunidad con el tango. Pregunté por sus canciones más representativas, inclusive invertí mis minutos de poker en Facebook viendo algunos videos por YouTube. Lamentablemente, el atisbo de interés solo me duró un par de semanas; y si a eso le sumaba el hecho que la mayoría de mis amigos porteños no estaban interesados en el tango, mi expedición musical tendría el mismo resultado que muchos Indianas Jones tuvieron con 'El Dorado': el fracaso.

Pero el tango —al parecer— no se iba a dar por vencido, y no dejaría escapar a este peruanito con alma de 'brichero'.

Hace dos fines de semana, arrivó a Buenos Aires mi amiga CC con su delegación familiar. Yo, un mes atrás, me había comprometido a hacerles un tour por la ciudad aduciendo que —fruto de tanta juerga y salidas por las noches— podría organizar un recorrido nocturno por las calles de esta ciudad sabor Madrid-Paris de Sudamérica.

Después de una tarde de caminata por La Recoleta y un lonche con pan de miga, CC sugiere a la tropa asistir a un espectáculo de Tango. Confieso que acepté por dos motivos, el primero: tomé conciencia que los escondrijos que había descubierto por tanta juerga, no serían del agrado de mis ‘turistas’; segundo: le daría gusto a mi madre que tanto me insistía con que vea un espectáculo como esos.

Entramos a un teatro en la 9 de julio. Nos recibieron hermosas damas con impactantes escotes que te hacen olvidar a la delantera Argentina. Luego, fuimos guiados hacia una mesa cerca del escenario y, después de constatar que los precios de la carta eran para cualquier extranjero, menos para peruanos, optamos por solo esperar el show con las bebidas que —felizmente— estaban incluidas en el precio de la entrada.

Ninguno de nosotros estaba preparado para lo que vendría. No solo fue la escenografía extraordinaria, ni los diminutos vestidos (eso puedo asegurarlo) lo que me transportó a otra dimensión... la dimensión del tango; sino que finalmente encontraba el sustantivo que lo definía: pasión.

A diferencia de la coquetería que escenifica nuestra marinera, o el erotismo que se desprende de muchos bailes brasileros, ver bailar tan bien el tango produce un sentimiento tan intenso, que la única forma de desahogo a la mano es el aplauso acalorado acompañado —como en mi caso— de una que otra lágrima... el poder que ejerce el hombre sobre su pareja; la sensualidad mezclada con fortaleza que emana la mujer con el cruce de piernas; los pasos cadentes y fuertes de ambos... y sobre todo, lo que está detrás del tango... el gaucho... el farolito... Gardel y Piazzolla... todos esos componentes me ayudaron a comprender lo que me dijo mi amigo chileno: el tango —como Gardel— es universal.

Esa noche, amigos míos, el tango me cambió la forma de ver a Buenos Aires. El bandoleón barrió las calles sucias del Microcentro; el violín usó el arco para sacarme de las tiendas en los malls; el violencello me gritó a viva voz que tenía mejores curvas que las rubias y morochas de la capital; y el piano... el piano me abrazó con sus notas, y me invitó a reposar y viajar sobre mi sofá.


Este fue un descubrimiento de esa noche. Gardel cantando 'El Día Que Me Quieras' que hasta antes de ese fin de semana, creía que era de Luis Miguel (adicionalmente copio un extracto de la letra)

“... El día que me quieras
No habrá más que armonía
Será clara la aurora, y alegre el manantial
Traerá quieta la brisa el rumor de melodías
Y nos darán las fuentes su canto de cristal
El día que me quieras
Endulzará sus cuerdas el pájaro cantor
Florecerá la vida... No existirá el dolor... “




Ahora un expositor del tango moderno, Astor Piazzolla tocando 'Adios Nonino'. Les pido que escuchen toda la melodía... ¡Toda!


martes, 9 de septiembre de 2008

¿Cama para dos?

Enero de 2007. Con calculadora en mano, me encontraba planeando mi viaje por europa con la francesa que me recibiría en Paris. Seducido por la idea de pertenecer a la comunidad europea a mediano plazo, escuchaba embobado su narración de cómo recorreríamos agarrados de la mano las calles de la ciudad luz, tomaríamos vino recostados en los parques de la Tour Eiffel, visitaríamos la casa de su padre en La Bretagne, y terminaríamos navegando en una góndola en Venecia.

Después de escuchar tal combo turístico, lo primero que se me vino a la mente fue preguntarle: “¿Y durante todo este viaje vamos a dormir juntos?”. Ha pasado más de un año, y no tengo la menor duda que esa pregunta fue la primera ‘cagada’ que hice (de las tantas que aparecieron en los meses siguientes) para que ese tour solo se confunda con un trailer más de alguna película de amor de las que tengo grabada en mi memoria.

A diferencia de Martín Romaña con su hondonada (los que han leído los cuadernos azul y rojo de navegación de Bryce Echenique me van a entender), yo no podría compartir mi lecho por más que me pongan a la mismita Octavia con el último modelo de Victoria’s Secret.

Soy el cliente ideal de los hostales ya que no tienen que tocarme la puerta para el check-out; el compañero esperado de las mujeres que no quieren que las descubras con el peinado desarmado; el amante ideal de las casadas que te quieren fuera antes que llegue el marido. Simplemente, me es imposible dormir con una mujer al lado.

No importa si es verano o invierno, en la cama al momento de dormir siempre te desnudas. Tu perfume Channel se opaca con el olor de tus pedos; el recuerdo de la charla agradable que tuviste a la luz de las velas, se desvanece con tus ronquidos; el sabor del beso suave y prolongado de la noche anterior, se dilata con el mal aliento de la mañana.

Además de mi madre, solo recuerdo una sola mujer con la que me permití compartir el brazo de Morfeo. Me encontraba en el aeropuerto de Marseille, y la española a mi lado se ofrece como mi guía en Montpellier si me animaba a desviar mi ruta ‘mochilera’. Al llegar a su ciudad, me propone descansar en la casa que comparte con sus otras dos amigas —Dios es peruano me dije. Después de la cena y las cervezas, llegamos a su casa, y cuando comenzaba a buscar el sillón que se convertiría en mi colchón Paraíso, me propone dormir en su cuarto.

—¿De qué te ríes Mario?
—Es que nunca he dormido con una mujer, es decir, no solo dormir.
—Bueno, si no lo puedes manejar, el sillón está en la sala.
—No, no. Siempre hay una primera vez.

Los besos de esa madrugada fue lo único que logré de las cinco noches que dormí con ella. Cuando una europea te dice que quiere dormir, amigos míos, en verdad solo quiere dormir; no creas que es porque le da roche decir que quiere sexo contigo. Aprendí dos cosas de esa experiencia somnífera. Primero: si duermo boca abajo, dejo de roncar. Segundo: mi cerebro no concibe tener una mujer al lado sin tener sexo, es por ello que la última noche tuve un sueño húmedo, y me fui dejando la sábana manchada.

Mi primer jefe una vez me dijo: “Todo puede representarse con las matemáticas Mario”. Creo que mi problema también.

Si:

P(VP) = Probabilidad de tener vida de pareja
S = Número de veces que has tenido sexo
D = Número de veces que te quedaste a dormir

P(VP) = D / S

Eso quiere decir que la probabilidad de compartir tu vida con alguien, está en función del número de veces que dejaste de dormir en el medio de la cama. Como podrán deducir, la mía es cero.

No sé qué opinar de mis amigos que comparten el ring de cuatro perillas con sus acompañantes temporales o permanentes. Algunos me dirán que son dichosos, otros que están pagando sus pecados. No los envidio, ni los detestó... Hoy por hoy, solo los admiro.





Me pregunto si algunos de ustedes se identifica con estos estilos.












martes, 2 de septiembre de 2008

Medio Ambiente

En Lima, siempre me he jactado de ser open mind; sin embargo, me he dado cuenta que esto puede ser muy relativo dependiendo del lugar donde lo sostienes. Por ejemplo, en Buenos Aires tranquilamente me pueden catalogar como salido de la Edad Media, y en Europa —estoy muy seguro— la prueba viviente de un Crog Magnon.

La mayoría de las personas, con quienes he hablado al respecto, asocian el grado de open mind que tienen con su aceptación de la homosexualidad (los muy open con su cercanía). Suman puntos el número de amigos homosexuales que mencionas tener, la cantidad de fotos que tengas abrazados con ellos o ellas en el Facebook, o las discos de ambiente a las cuales afirmas haber ido.

Recuerdo una vez, me encontraba con dos amigas del viejo continente a quienes me ofrecí hacerles un pequeño tour por Lima. Sugiero —para terminar el recorrido— ir por la noche a un pub y culminar con unos tragos. Después de media hora, me percato que a esta mesa le faltaba una pata, y opto por llamar a uno de los pocos amigos solteros que me quedan.

—Hola Papi —contesta mi muy (a veces) afeminado compañero.
—Habla Marica. Tío, estoy con dos amigas de España y...
—...
—¿Alo? ¿Alo?

No recuerdo haber tenido en mi vida un celular con GSM, pero a los 10 minutos mi fiel Sancho Panza ya se encontraba en la puerta del pub de San Isidro. Después de unas jarras, un piqueo, y dejar en claro que en Lima no tenemos llamas en vez de perros, alrededor de la 1 A.M,. mi partner propone ir a otro lugar donde a esa hora afirma que ‘se pone’.

—¿Y si vamos a la Sede? —lanza su propuesta Sancho.
—¿Qué es eso? —preguntan las dos ibéricas al mismo tiempo.
—Es una disco de ambiente que NO CONOZCO —asevero con el tono de voz más grave que pueda producir.
—¡Vamos! La música es mucho mejor que la que ponen acá —Insiste Sancho Panza.
—¡Vale! ¡Vamos! Hemos ido a algunas así en nuestra ciudad —sostiene una de ellas.
—¡Hey! ¡Aguanten! No puedo ir vestido así —expongo mi desacuerdo mostrando el polo rosado que llevaba puesto.
—¡No pasa nada! ¡Normal tío! —trata de convencerme sospechosamente Sancho.
—¡Ni cagando! Es como si tuviera un polo rojo en plena fiesta de San Fermín.

Mi argumento no logró convencerlos, y finalmente accedo. Nos dirigimos hacia Miraflores y me aseguro de estar bien pegado a una de las españolas. Entramos. Confirmo que la música estaba buena y —obviando una que otra pareja del mismo sexo abrazados muy afectuosamente— el lugar se parecía mucho a cualquiera de las discos que había visitado antes.

Después de bailar un par de canciones —y con el alcohol a punto de ser expulsado de nuestro organismo— nuestras compañeras nos avisan que se van al baño.

—¡No pueden hacernos esto! —exclamo casi sudando frío.
—¡No seas marica! —me recrimina el ya muy tambaleante Sancho.


¿Marica? Qué irónico pensé.

Durante los minutos que pasaron, lo único ‘extraño’ que observé fue el saludo con beso en la mejilla que Sancho dio a un ‘amigo del inglés’ (según él) que se encontraba por ahí. Pondría en duda la opción sexual de mi fiel escudero si no fuese porque ya me acostumbré a este saludo en Buenos Aires (Punto aparte, me incomodan las barbas, y ya entiendo por qué hoy en día la mayoría de las mujeres los prefieren lampiños... everywhere).

Confieso que me divertí esa noche y que frecuenté el pub algunas veces más (siempre acompañado del componente femenino para evitar confusiones). No niego haber bailado sobre las bancas pegadas en la pared, y me pregunto hasta el día de hoy qué hubiese hecho con un estrado, espejos alrededor y un tubo en el medio.

La verdad, el lugar ‘se pone’ como sostuvo Sancho la primera vez, however empecé a perderle el gustito a esta disco por dos factores. Primero, porque en una de esas incursiones me encontré con una persona del ámbito laboral la cual me lanzó una mirada ‘Welcome to the jungle’. Segundo —y más importante creo yo—, el público femenino que concurría a este lugar, no se parece en nada a esas top models con las que uno se imagina y maquina un ‘ménage à trois’.

Hace unas semanas en Buenos Aires, una chica del grupo con quienes tomaba unos vinos sugiere mover el esqueleto en una disco de ambiente. Yo —todo ‘canchero’— aseguro que no habría problema de mi parte ya que había frecuentado ‘esos lugares’ en Lima (además albergaba la esperanza de encontrarme con las top models de mi fantasía anterior).

Después de unos 20 minutos de cola (¡A las 4AM!), logramos entrar y compruebo que —al igual que en el fútbol— Argentina nos lleva décadas de diferencia en el ritmo de juego en esta cancha de cemento. Los concurrentes no tienen ningún reparo en ir semidesnudos (los hombres en su mayoría), ni tampoco en intercambiar saliba con cuanta ovejita o borrego que caiga en su trampa. Ante tanta libertad de expresión, confieso que me cohibí y me dije a mí mismo: “Acá ni te atrevas a hacer tus bromas de maricón porque pierdes”.

Logré salir ileso de ese partido (puedo afirmar que paso la prueba de la tina), y ahora me queda mucho más claro que el medio ambiente también difiere dependiendo del país donde te encuentres. No sé si alguno de ustedes se anime a visitar ecosistemas como estos; eso sí, les recuerdo que el oxígeno es diferente.



Esta canción la considero un buen test de evaluación antes de asistir a una disco de ambiente. Si sigues el ritmo con tus pies, puedes visitar alguno de estos pubs; por otro lado, si moviste la silla, subiste el volumen y ya te descargaste la canción por Emule, entonces no tengas miedo en pedirme el email de la persona del ámbito laboral... o de Sancho Panza.




lunes, 25 de agosto de 2008

Sa-sa-sa Salsa

El amor de mi padre por la salsa, hizo que el soundtrack de mi infancia incluya algunos temas de Oscar de León y Héctor Lavoe. Si a eso le sumamos que mi progenitor —espero que así sea mamá— era el alma de las fiestas con esos pasos tan suyos, y rodeado de palmas aclamando su saltito tan peculiar, mi deseo por parecerme a él estaba focalizado en el baile. Sin embargo, hoy por hoy, los saltos que pueda dar mi padre en algunas reuniones familiares —más que evocar mi admiración— generan en mí una intensa preocupación; ya que, a la menor caída, mi hermano y yo gritaríamos al unísono: “¡Se cagó el chato!”.

Durante mi adolescencia, tuve una actitud muy del apóstol Pedro en pleno Viernes Santo: la negación. A la pregunta: “¿Te gusta la salsa?”, mi respuesta era un rotundo no, sustentado por mis preferencias hacia grupos como Guns & Roses, Poison o Bon Jovi. No obstante, ya en casa, solo, y sacando algunos casettes que mi padre compraba, me ponía a cantar a muy viva voz los temas de Eddie Santiago e Hildemaro.

Ya en la universidad (en las contadas salidas que tuve) me percaté que la salsa era una muy buena excusa para tocar los brazos desnudos, y la pizca de piel descubierta entre el jean y la blusita de tu pareja. Si durante (o al final) de estos minutos de húmeda fricción —dependiendo de la precocidad de cada uno— no se llegaba al beso deseado, podía notar en mis amigos un ligero encorvamiento con un cartel en los ojos que decía: “No te besé, pero te rocé”.

Después de mi graduación, empecé con la reingeniería de mi personalidad, y una de las áreas a trabajar era sin lugar a dudas el baile. Experimenté con danzas como Axe, y fui un asiduo seguidor de las clases de baile en el gimnasio al que asistía (un par de personas me han comentado inclusive que me vieron en los videos del Gold’s Gym). Resultado de la práctica de tanto movimiento corporal (además de estar al tanto de las últimas coreografías toneras) mis pasos salseros pasaron la valla del 1 – 2 – 3, y hasta fui merecedor de ciertos halagos provenientes de las damas a quienes les toqué la piel desnuda.

Con mi ego fortalecido, me propuse rentabilizar mi inversión (compra de DVDs de Axe Bahía y membresía del gimnasio) dirigiéndome al centro de convenciones anglosajón más conocido del Perú: Cuzco. Equipado con dos idiomas extranjeros (inglés y francés), músculos no tan fofos, y mis dos pasos salseros con vueltita incluida, me dije a mí mismo: “Este pechito la va hacer linda”. Con la moral al tope, y seducido por la idea que las europeas se derriten por los latinos —en mi caso, por los cholos—, me dirigí a un pub conocido en la plaza de armas cuzqueña.

Grande fue mi sorpresa, al descubrir que los “bricheros” de hoy en día no solo tienen que mostrar a flor de piel su procedencia indígena (portando polos con la piedra de los doce ángulos y cuanta shakira colgada en el cuello), sino también que un requisito indispensable —si quieres tener éxito en este oficio tan difundido— es bailar 'salsa de salón'. Luego de apreciar cómo estos compatriotas hacían lo que querían con cuanta rubia había en el local —resignado— solo me quedó esperar una canción de Daddy, y empezar la búsqueda desenfrenada de alguna sueca totalmente ebria, para proceder al “punteo descarado” y calmar, de esta forma, las hormonas que en ese momento estaban en punto de ebullición.

Un año después —recuperado de la experiencia cuzqueña— decido invertir un 'poquito' más, y enrumbo hacia Europa esperando no encontrarme con tanta oferta latina. ¿El lugar? Un pub latino en Madrid. ¿Las armas? Las mismas que las del Cuzco, pero más afiladas.

Constaté que la oferta europea era mucho más variada en color y tamaño que en la capital imperial; sin embargo, parecía que había desembarcado en Miami y no en Madrid; ya que, el lugar estaba atestado de cubanos y puertorriqueños con camisas apretadas y desabotanadas hasta el pecho. Mi primera pregunta fue: “¿Dónde mierda está la gente de migración?”. Después de una hora —ya calmado y con alguno tragos encima— reconocí mi derrota y solo atisbé a aprenderme de memoria algunos pasos que estos latin lovers regalaban a cuanta europea pululaba en el local.

De regreso en Lima, lo primero que hice fue averiguar dónde podría aprender esos pasos tan diplomáticamente orgásmicos que quedaron grabados en mi cabeza. Encontré un pub cubano, y en la primera clase recibo el aliento del instructor: “A diferencia del resto, tienes ritmo”. Bueno, si me comparaba con el alumno de al lado que tenía el mismo swing que el protagonista de la película “Mi Pie Izquierdo”, y el otro adolescente que no se tropezaba por obra y gracia del gringo que está en platea, obviamente que yo era el John Travolta de “Saturday Night Fever” en esa clase. Como no contaba con pareja —y tras darme cuenta que retrazaba a las chicas que ya tenían muchas más clases que yo— solo asistí a cuatro de las ocho clases que pagué resignándome finalmente a aprender dos pasos más del repertorio con el que ingresé.

Aún así, después de tanto golpe bajo que me ha dado la salsa, cuando son las 3 A.M. y me encuentro en la barra de algún bar – “boliche” de Buenos Aires, me entran ganas de acercarme al DJ y exigirle que reemplace “Love Generation” de Bob Sinclair, y coloque a continuación algún tema de este ritmo que me ha acompañado hasta el día de hoy. ¿Quién sabe? De repente en esta ciudad tenga mi esperada revancha.


Aquí en el vídeo, está un muy joven Roberto Blades cantando la canción —que a mi entender— son los 7 minutos más rentables a tomar en cuenta. Ladies, que no se diga que no lo advertí.


http://www.youtube.com/watch?v=PK-gBxs4CMw

martes, 19 de agosto de 2008

Frases desde el exterior

A lo largo de estos últimos cinco años, he tenido la oportunidad de interactuar con muchas personas del extranjero (ya sea por el trabajo o simplemente por uno que otro viaje que realicé). Podría decirse que me es más fácil entablar diálogos con extranjeros (sobre todo extranjeras) que con personas de nuestra capital, y esto tiene que ver —a mi entender— porque con un “how do you say…?” o “comment est-ce que tu dis…?” puedo extender el promedio de minutos de duración de mis conversaciones con desconocidos.

Además de la amistad (efímera o for good) que cultivé con estas personas —más allá de ver con otros ojos la vida cotidiana—, lo que me quedó fueron esas frases singulares que me sacudieron, o simplemente lanzaron dentro de mi cabeza esa frasecita tan limeña que surge cuando algo nos sorprende: “¡Ah manya!”.

La primera que recuerdo es la que me dijo una española (con quien salí hace unos años), justo en el momento que discutíamos sobre quién debería dar el primer paso.

—Lo que me llega de las limeñas es que tienes que lamerle el culo para salir con ellas —dijo ella con tono muy de la Conquista.

Si bien es cierto esta práctica puede verse de lo más excitante —dependiendo de la libertad sexual que tengas con tu pareja—, es una frase que me llevó a creer que en realidad para salir con una mujer de nuestra ciudad —en la mayoría de las veces— se necesita de todo un ritual para convencerlas más allá que les gustes o no. Confieso que esta idea ha ido cambiando estos últimos meses, tras las salidas con mi 'fiel' y corcel amigo al boulevard de Caminos del Inca o E41. Observé que nuestra linda juventud ha cambiado esta forma de pensar, y que (a veces) un roce de manos o un cruce miradas en la barra al pedir 'una jarrita de chelas' puede terminar en un agarre que obligaría a los mismos franceses a redefinir su tan conocido 'beso francés'. Sin embargo, más allá de estas últimas visiones, comparando con las mujeres del exterior, tengo que decirles amigas de Lima: ustedes son de las más difíciles de la región. Desconozco cómo serán en Venus.

La otra fue durante mi estadía en Marseille. Después de constatar que en esta ciudad TODO cierra a las 6 P.M., le pregunto inocentemente a mi roomate qué es lo que hacen para divertirse con todo cerrado tan temprano.

—Pues tenemos sexo —respondió él como si fuese lo más obvio del mundo.

Sinceramente, después de tan rotunda respuesta, no me quedó más remedio que cambiar de tema tratando de evitar el diálogo sobre mi actividad sexual que por esos días estaba muy venida a menos. Qué lindo sería realmente (después de constatar que nuestra cartelera solo proyecta las películas que ya vimos piratas, o que ese día no juega nuestro equipo favorito) llamar a esa mujer que nos atrae y decirle: “Te parece si tenemos sexo en un toque, prometo que no será solo un toque”. Esto —creo yo— solo se logra si tienes la sonrisa de un gigoló italiano, la billetera de un jugador de fútbol o (como fue en mi caso cuando lo he vivido) el producto de un arduo trabajo de amistad y caballerosidad con la dulce señorita a la que considerabas tu amiga de parranda, y —obvio— aprovechando su cuarto de hora, le propusiste considerar la idea de convertirse en tu 'friend with benefits'.

La última no fue precisamente en un diálogo, sino en una conversación por chat. Estaba de lo más embelezado escribiéndome con esta francesita que me cautivó por muchos meses, cuando (luego de pasar por los temas melosos y que siempre te querré a la distancia) llegamos a la pregunta sobre nuestro historial sexual. Mi respuesta en ese momento fue —después de perder algunos rostros en mi memoria, y ni qué decir con quienes después de un mutuo acuerdo económico simulamos un deseo sexual correspondido— que no recordaba exactamente el número e ipso facto le lanzó el balón.

Et toi?
—Once —me responde con el segundo número más deseado por un delantero.
—¡Ah bueno! ¡Todo un equipo de fútbol! —replico con un tono sarcástico.
—Si si, pero yo los recuerdo a todos.

Otra frase más para taparme la bocota. Estoy seguro que a la fecha el número de ella ha subido hasta el de una escuadra con banca de suplentes, mientras que el mío sigue sin definir. Lo que sí me queda claro, es que preferiría conservar los rostros de esas personas con quienes te ahorraste una hora y media de spinning o 5000 abdominales, que simplemente quedarte con imágenes que con el tiempo caigan por ese agujero —cada día más grande— al final del costal de los recuerdos.