Invierno de 2005. Junto a una pareja de ‘chi-chi-chi-le-le-le’, caminaba por la peatonal de Florida en Buenos Aires. Con suma emoción, mis amigos me guiaban por esta calle atestada de tiendas, con el fin de mostrarme su descubrimiento de la noche anterior. A lo lejos, una voz grave quebraba el bullicio sobre el que se ahogan las grandes ciudades.—Nos quedamos impactados ayer por la noche Mario. ¡Es idéntico a Gardel!
—¿Ah? ¿en Chile escuchan a Gardel? Juraba que solo en Argentina —respondo desinteresado.
—Mario, Gardel es universal. Va más allá de Argentina. Debes conocerlo por cultura.
No sé si fue una respuesta sincera, o una forma disimulada del expasionismo chileno para sentar que Gardel también les pertenecía. De todas formas, tal bofetada a mi ignorancia estuvo a punto de producirme una 'chiripiorca' en frente de mis amigos. Sin embargo —a pesar de tal reprimenda cultural— en los días siguientes a mi estadía en suelo porteño por ese año, al tango solo lo relacioné con mujeres de piernas largas de vestidos entallados con grandes aberturas.
No fue sino hasta que llegó a mis ojos la película 'Scent of a woman', cuando el tango comenzó a soplarme detrás de la oreja. En una de las mejores escenas de la película (después de la magnífica frase: “En un minuto puedes vivir toda una vida”), un ciego Al Pacino convence a una hermosa joven bailar el tango que la orquesta estaba a punto de tocar. Tuve que venir nuevamente hasta Buenos Aires en julio de este año, para enterarme (entre vinos y cervezas) que esa deliciosa melodía era la muy conocida 'Por una Cabeza' de Gardel.

Es después de esa noche bohemia que decido darme una oportunidad con el tango. Pregunté por sus canciones más representativas, inclusive invertí mis minutos de poker en Facebook viendo algunos videos por YouTube. Lamentablemente, el atisbo de interés solo me duró un par de semanas; y si a eso le sumaba el hecho que la mayoría de mis amigos porteños no estaban interesados en el tango, mi expedición musical tendría el mismo resultado que muchos Indianas Jones tuvieron con 'El Dorado': el fracaso.
Pero el tango —al parecer— no se iba a dar por vencido, y no dejaría escapar a este peruanito con alma de 'brichero'.
Hace dos fines de semana, arrivó a Buenos Aires mi amiga CC con su delegación familiar. Yo, un mes atrás, me había comprometido a hacerles un tour por la ciudad aduciendo que —fruto de tanta juerga y salidas por las noches— podría organizar un recorrido nocturno por las calles de esta ciudad sabor Madrid-Paris de Sudamérica.
Después de una tarde de caminata por La Recoleta y un lonche con pan de miga, CC sugiere a la tropa asistir a un espectáculo de Tango. Confieso que acepté por dos motivos, el primero: tomé conciencia que los escondrijos que había descubierto por tanta juerga, no serían del agrado de mis ‘turistas’; segundo: le daría gusto a mi madre que tanto me insistía con que vea un espectáculo como esos.
Entramos a un teatro en la 9 de julio. Nos recibieron hermosas damas con impactantes escotes que te hacen olvidar a la delantera Argentina. Luego, fuimos guiados hacia una mesa cerca del escenario y, después de constatar que los precios de la carta eran para cualquier extranjero, menos para peruanos, optamos por solo esperar el show con las bebidas que —felizmente— estaban incluidas en el precio de la entrada.
Ninguno de nosotros estaba preparado para lo que vendría. No solo fue la escenografía extraordinaria, ni los diminutos vestidos (eso puedo asegurarlo) lo que me transportó a otra dimensión... la dimensión del tango; sino que finalmente encontraba el sustantivo que lo definía: pasión.
A diferencia de la coquetería que escenifica nuestra marinera, o el erotismo que se desprende de muchos bailes brasileros, ver bailar tan bien el tango produce un sentimiento tan intenso, que la única forma de desahogo a la mano es el aplauso acalorado acompañado —como en mi caso— de una que otra lágrima... el poder que ejerce el hombre sobre su pareja; la sensualidad mezclada con fortaleza que emana la mujer con el cruce de piernas; los pasos cadentes y fuertes de ambos... y sobre todo, lo que está detrás del tango... el gaucho... el farolito... Gardel y Piazzolla... todos esos componentes me ayudaron a comprender lo que me dijo mi amigo chileno: el tango —como Gardel— es universal.
Esa noche, amigos míos, el tango me cambió la forma de ver a Buenos Aires. El bandoleón barrió las calles sucias del Microcentro; el violín usó el arco para sacarme de las tiendas en los malls; el violencello me gritó a viva voz que tenía mejores curvas que las rubias y morochas de la capital; y el piano... el piano me abrazó con sus notas, y me invitó a reposar y viajar sobre mi sofá.
Este fue un descubrimiento de esa noche. Gardel cantando 'El Día Que Me Quieras' que hasta antes de ese fin de semana, creía que era de Luis Miguel (adicionalmente copio un extracto de la letra)
“... El día que me quieras
No habrá más que armonía
Será clara la aurora, y alegre el manantial
Traerá quieta la brisa el rumor de melodías
Y nos darán las fuentes su canto de cristal
El día que me quieras
Endulzará sus cuerdas el pájaro cantor
Florecerá la vida... No existirá el dolor... “
Ahora un expositor del tango moderno, Astor Piazzolla tocando 'Adios Nonino'. Les pido que escuchen toda la melodía... ¡Toda!
